La intolerancia
religiosa nace cuando las propias creencias se convierten en una barrera frente
a las creencias de otros. A lo largo de la historia, esta forma de intolerancia
—y en sus casos más extremos, la persecución— ha estado presente cada vez que
culturas distintas entran en contacto.
La persecución
religiosa, como expresión extrema de esta intolerancia, se manifiesta en el
maltrato persistente hacia personas o grupos debido a su fe. Es una herida
antigua de la humanidad.
Sin embargo, el
mundo ha cambiado.
Desde mi óptica,
en muchos aspectos, hemos avanzado. Ya no somos clanes aislados que recorren
las estepas en busca de supervivencia. Hoy, gracias a las comunicaciones,
habitamos una especie de aldea global. Lo que ocurre en cualquier rincón del
planeta puede ser conocido por todos, y esto nos expone —para bien o para mal—
a la diversidad de culturas, pensamientos y creencias.
En lo personal,
veo a la humanidad como un lienzo donde Dios ha pintado la existencia en una
infinita variedad de colores y matices. Cada pincelada, cada hilo, incluso el
caballete que sostiene el lienzo, está profundamente conectado. Lo que afecta a
uno, inevitablemente afecta al todo.
Desde esta
comprensión, surge una conciencia: debemos cuidarnos, cuidar al otro y cuidar
la creación.
Sin embargo,
recientemente, al leer comentarios en un medio cristiano sobre el Papa
católico, mi corazón se turbó. Me encontré con palabras duras, con ataques
entre personas que, en esencia, comparten una misma raíz espiritual. Cristianos
criticando a otros cristianos. Hermanos enfrentándose entre sí.
Esto me llevó a
reflexionar sobre la intolerancia religiosa.
Esa misma
intolerancia que, a lo largo de la historia, ha llevado a la humanidad a
dividirse, a odiarse e incluso a matarse, en lugar de vivir el amor que se nos
ha enseñado.
En ocasiones,
pareciera que utilizamos los textos sagrados no para comprendernos, sino para
imponernos. Como si, en vez de guiarnos, los usáramos para golpearnos unos a
otros con el afán de demostrar quién tiene la razón.
Esta reflexión no
busca generar conflicto, sino todo lo contrario: abrir un espacio para la
conciencia.
¿Y si pudiéramos
vernos como parte de una misma fuente?
Una fuente de la
cual provienen cristianos, musulmanes, judíos, budistas, hinduistas, ateos…
todos.
¿Acaso existe algo
o alguien que no proceda de esa fuente?
Cada uno de
nosotros percibe el mundo de manera distinta, y ahí reside una de las mayores
maravillas de la existencia. Esa diversidad no es un error, sino una expresión
de lo infinito.
La paz comienza
con el respeto.
Y si creemos en
Dios, debemos recordar que la relación con Él es profundamente personal. Nadie
puede imponerla, ni juzgar la forma en que otro la vive.
Quizás el
verdadero camino no sea convencer al otro…
sino aprender a
convivir desde el amor.
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