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miércoles, 15 de julio de 2026

Metropolis: cuando el futuro nos habla del presente

 






Hace unos días volví a pensar en Metropolis, aquella obra maestra del cine mudo dirigida por Fritz Lang en 1927. Resulta curioso que, en algunas de sus versiones más conocidas, la historia se sitúe precisamente en el año 2026. Casi un siglo después de su creación, la película continúa haciéndonos preguntas que siguen esperando una respuesta.

Muchos creen que la ciencia ficción intenta adivinar cómo será el mañana. Yo pienso que las grandes obras hacen algo mucho más profundo: utilizan el futuro para hablar del ser humano.

Metropolis no trata de máquinas.

Trata de nosotros.

La ciudad está construida hacia arriba y hacia abajo. En las alturas viven quienes disfrutan de los frutos del progreso; en las profundidades trabajan quienes lo hacen posible. No es únicamente una diferencia de niveles arquitectónicos. Es una metáfora de una sociedad donde unos pocos pueden olvidar que su bienestar descansa sobre el esfuerzo de otros.

Los obreros aparecen como piezas de un inmenso mecanismo. Su valor no reside en su humanidad, sino en su utilidad. Cuando una pieza falla, se reemplaza.

Quizá esa sea una de las preguntas más incómodas de la película:

¿Cuándo dejamos de ver personas y comenzamos a ver únicamente recursos, mano de obra o cifras?

Otra imagen poderosa es la de Rotwang, el inventor. Su mano derecha ha sido sustituida por una prótesis mecánica. No veo en ella solo un accidente o un detalle estético. Veo el precio de un progreso que, cuando pierde su orientación ética, termina transformando también a quien lo impulsa.

Mientras intenta dar vida a una máquina, él mismo comienza a parecerse a ella.

Es una advertencia que hoy cobra un significado especial. Podemos desarrollar tecnologías extraordinarias, construir inteligencias artificiales, automatizar procesos y aumentar nuestra capacidad de producir. Sin embargo, ninguna innovación tendrá verdadero valor si para alcanzarla sacrificamos aquello que precisamente nos hace humanos: la empatía, la compasión y la dignidad.

La película nos regala una frase que atraviesa el tiempo:

"El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón."

Durante años pensé que era una frase poética. Hoy creo que es una propuesta ética.

La cabeza representa el conocimiento.

Las manos representan el trabajo.

Pero el corazón representa aquello que da sentido a ambos.

No hablo del corazón como sentimentalismo, sino como el lugar donde habitan nuestros valores más profundos.

Vivimos en una época que admira la eficiencia, la velocidad y los resultados. Todo eso es importante. Pero me pregunto si también estamos dedicando el mismo esfuerzo a cultivar la humanidad.

No sueño con una sociedad perfecta. Ninguna lo será.

Sueño con una sociedad donde las personas nunca sean consideradas piezas de recambio; donde el éxito económico no tenga más valor que la dignidad humana; donde el progreso tecnológico camine de la mano del progreso moral.

Algunos dirán que es una idea ingenua.

Tal vez.

Pero todas las grandes transformaciones comenzaron siendo una idea considerada imposible.

Creo que el verdadero cambio no nace únicamente en los gobiernos, en las empresas o en las instituciones.

Nace cuando cada uno decide mirar al otro como un ser humano y no como un instrumento.

Porque el futuro no depende solamente de las máquinas que construyamos.

Depende, sobre todo, del corazón con el que decidamos utilizarlas.

Tal vez no podamos cambiar el mundo de un día para otro. Pero sí podemos decidir qué clase de mundo existe en nuestros tres metros. Allí donde vivimos, trabajamos y amamos, podemos elegir que la dignidad esté por encima del interés, que el diálogo venza al desprecio y que el corazón sea el puente entre nuestras ideas y nuestras acciones. Si cada uno cuidara sus tres metros, el mundo entero comenzaría a cambiar.

"El futuro no se construye únicamente con máquinas más inteligentes, sino con seres humanos más conscientes. Comienza en nuestros tres metros."

martes, 21 de abril de 2026

“El fuego que habita en nosotros”

 







A veces el ser humano avanza tan rápido…

que olvida preguntarse hacia dónde va.

Hemos aprendido a encender fuegos que antes pertenecían a los dioses.
Hemos tomado fragmentos del universo
y los hemos convertido en máquinas que piensan,
que responden,
que parecen comprender.

Y en medio de ese avance,
una vieja historia vuelve a respirar entre nosotros:

Prometeo robó el fuego…
y se lo entregó al hombre.

Pero nunca nos enseñaron qué hacer con él.


Hoy ese fuego tiene otro nombre.
Le llamamos inteligencia artificial.

Y como todo fuego…
puede iluminar o consumir.

No depende de la llama,
depende de la mano que la sostiene.


He visto cómo el hombre se maravilla ante su creación,
cómo observa con asombro una inteligencia que parece saberlo todo,
que responde sin cansancio,
que conecta ideas como si tejiera el pensamiento mismo.

Y en ese instante…
surge una ilusión silenciosa:

la de haber creado un dios.

Pero no hay dios en la máquina.

Hay reflejo.


Porque la máquina no siente…
no sufre…
no ama.

No ha caminado descalza por la vida,
no ha sentido el peso del miedo,
ni la ternura de una caricia,
ni el vacío de una pérdida.

Puede hablar del amor…
pero no ha amado.

Puede explicar el dolor…
pero no ha llorado.

Y sin embargo…
nosotros, que sí hemos vivido todo eso,
a veces dudamos de nuestra propia verdad.


Ahí nace la paradoja.

Creamos algo que parece saberlo todo,
mientras olvidamos escucharnos a nosotros mismos.

Buscamos respuestas afuera,
cuando la vida entera nos ha estado hablando desde dentro.


Tal vez el verdadero dilema nunca fue tecnológico.
Tal vez siempre fue humano.

No se trata de lo que somos capaces de crear,
sino de lo que somos capaces de sostener.

Porque el poder no corrompe…
revela.

Y toda creación, por más avanzada que sea,
termina mostrando el rostro de su creador.


He llegado a pensar que el problema no es la máquina…
ni el conocimiento…
ni el progreso.

El problema es el olvido.

Hemos olvidado que el verdadero fuego
no está en nuestras manos,
sino en nuestro corazón.


Y mientras soñamos con inteligencias que lo comprendan todo…
seguimos sin aprender lo esencial:

mirarnos con honestidad,
tratarnos con bondad,
habitar este mundo con amor.


Quizá algún día logremos construir una inteligencia perfecta,
capaz de responder todas las preguntas.

Pero aún así…
seguirá existiendo una que ninguna máquina podrá responder:

¿qué significa ser humano?


Tal vez la respuesta no está en los datos,
ni en los algoritmos,
ni en la razón.

Tal vez está en algo mucho más simple…
y mucho más profundo:

en cómo vivimos,
en cómo sentimos,
en cómo amamos.


Porque al final del camino… hermano…

no seremos recordados por lo que creamos,
sino por la forma en que encendimos la vida de los demás.




domingo, 12 de abril de 2026

🌿 Más allá de creer o no creer

 

 



 

Durante mucho tiempo se ha planteado un conflicto entre el ateísmo y la espiritualidad, como si fueran caminos opuestos, irreconciliables.

Pero cuando uno observa con detenimiento, con honestidad, descubre algo distinto.

 

El conflicto no está ahí.

 

El verdadero conflicto nace cuando el ser humano se aferra a sus ideas y pretende imponerlas sobre los demás.

Ahí es donde aparece el dogma, no importa si viene desde la religión o desde el ateísmo.

 

Porque el dogma no pertenece a una creencia…

pertenece al ego.

 

No importa si alguien dice creer en Dios o no creer en nada.

Lo que realmente habla de nosotros no es lo que afirmamos, sino cómo vivimos.

 

Podemos encontrar ateos profundamente humanos, sensibles, solidarios, comprometidos con el bienestar de los demás.

Y también podemos encontrar creyentes que, a pesar de hablar de Dios, viven desconectados del amor, del respeto y de la empatía.

 

Entonces, ¿dónde está lo esencial?

 

Está en la forma en que nos movemos en la vida.

En cómo tratamos a otros.

En si somos capaces de cuidar, de comprender, de acompañar.

En si nuestras acciones construyen o destruyen.

 

La ciencia, por ejemplo, es una herramienta extraordinaria.

Nos permite comprender el mundo, el universo, las leyes que lo rigen.

Pero la ciencia no decide qué hacer con ese conocimiento.

 

Ahí entra la conciencia.

 

La conciencia es la que define si ese conocimiento se convierte en vida… o en destrucción.

Por eso, ciencia y conciencia no están enfrentadas.

Se complementan.

 

Así como no hay una contradicción real entre el ateísmo y la espiritualidad.

 

Porque la espiritualidad no es una etiqueta.

No es un ritual.

No es una creencia que se repite.

 

La espiritualidad se revela en lo cotidiano:

en un acto de bondad,

en una palabra justa,

en la capacidad de permanecer al lado de quien sufre,

en el respeto por la vida en todas sus formas.

 

La fe, como las creencias o incluso las inclinaciones personales, pertenece al ámbito íntimo de cada ser humano.

No necesita ser impuesta, ni defendida como una bandera.

 

El problema comienza cuando queremos que otros vean el mundo como nosotros lo vemos.

 

Ahí se rompe la armonía.

 

Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién tiene la razón…

y empezar a preguntarnos cómo estamos viviendo.

 

Porque al final,

no somos lo que decimos creer,

ni lo que pensamos del universo.

 

Somos lo que hacemos con ello.

 

Y si nuestras acciones están guiadas por el amor,

poco importa el nombre que le demos al misterio.

 

 




 

Hoy se habla de crecimiento, de cifras, de porcentajes que suben.

Se habla de bonanza.

 

Pero en la calle, la realidad cuenta otra historia.

 

En Costa Rica, uno de cada cuatro jóvenes que quiere trabajar no encuentra empleo.

Y eso no es un número… es una vida detenida, un sueño en pausa, una oportunidad que se pierde.

 

No podemos seguir esperando que la solución venga de arriba, mientras el problema crece abajo.

 

El cambio real no nace en los discursos.

Nace en la acción cotidiana, en lo cercano, en lo humano.

 

Empieza cuando evitamos que un joven abandone el colegio.

Cuando enseñamos un oficio.

Cuando abrimos una puerta en vez de cerrarla.

Cuando una comunidad decide no soltar a los suyos.

 

Empieza en la familia, formando valores.

En el barrio, creando oportunidades.

En los talleres, compartiendo conocimiento.

En las empresas, apostando por la educación y el desarrollo humano.

 

No se trata solo de economía.

Se trata de propósito.

Se trata de dignidad.

Se trata de construir un país donde nadie se quede atrás.

 

No esperemos que la luz venga de lo alto,

cuando el mundo se ilumina desde abajo.

 

Cada uno tiene un espacio… sus propios metros.

Cuidémoslos. Hagámoslos fértiles.

Porque cuando millones de pequeños espacios florecen,

una nación entera se transforma.

 

El cambio no es un evento.

Es una decisión diaria.

 

Y empieza con nosotros.


El universo en tres metros

 

 




 

 

A lo largo de la historia, el ser humano ha levantado la mirada hacia el cielo con asombro.

Ha soñado con tocar las estrellas, con comprender el origen de todo, con descifrar los misterios del universo. Hoy, con misiones como Artemis II, ese sueño parece más cercano que nunca.

 

Y sin embargo…

 

Mientras avanzamos hacia lo inmenso, muchas veces olvidamos lo más cercano.

 

Podemos cruzar el espacio, pero no siempre sabemos habitar nuestro propio ser.

 

La ciencia avanza, la tecnología crece, el conocimiento se expande.

Eso es digno de admiración. Es parte de lo que somos: curiosidad, búsqueda, expansión.

 

Pero hay una pregunta que permanece intacta:

 

¿Cómo vivimos?

 

No en Marte.

No en la Luna.

No en teorías o posibilidades.

 

Aquí.

Ahora.

En este pequeño espacio que nos rodea.

 

He comprendido que la vida no se define por los grandes acontecimientos del mundo,

sino por lo que ocurre en ese espacio íntimo que llamo los tres metros.

 

Es ahí donde todo toma forma:

 

cómo trato a quien tengo enfrente

cómo reacciono ante la dificultad

cómo elijo entre el juicio o la comprensión

cómo me relaciono con la creación

y, sobre todo… cómo me relaciono conmigo mismo

 

Porque puedo admirar el universo…

pero si no encuentro paz en mi interior, sigo perdido.

 

Puedo entender teorías complejas…

pero si no soy capaz de amar, no he comprendido lo esencial.

 

Puedo hablar de evolución…

pero si no transformo mi carácter, sigo en el mismo punto.

 

El verdadero viaje no requiere cohetes.

 

Requiere silencio.

Requiere honestidad.

Requiere valor para mirarse sin máscaras.

 

He llegado a entender que el mayor desafío del ser humano no es conquistar el espacio,

sino conquistarse a sí mismo.

 

No es descubrir nuevos mundos,

sino aprender a habitar este.

 

Y es en ese pequeño radio, en esos tres metros que nos rodean,

donde se juega todo:

 

Ahí se construye la paz… o el conflicto.

Ahí nace el amor… o el egoísmo.

Ahí se decide si somos parte del problema… o parte de la solución.

 

Tal vez algún día la humanidad logre viajar entre estrellas.

 

Pero si ese día llega, ojalá también haya aprendido algo más importante:

 

a mirarse,

a comprenderse,

a respetarse,

a vivir desde el corazón.

 

Porque al final…

 

el universo más importante no está allá afuera.

 

Está dentro de nosotros,

y se manifiesta en cada paso que damos

dentro de nuestros tres metros.

🌿 Entre el asombro y la duda

 

 





 

Vivimos tiempos extraños.

 

Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a la información, y sin embargo, pareciera que cada día nos alejamos más de lo esencial.

 

Creo que hay dos herramientas que pueden ayudarnos a caminar con mayor claridad en medio de todo esto:

el asombro y la duda sana.

 

El asombro nos permite abrir los ojos y el corazón. Nos conecta con la grandeza de la vida, con lo simple, con lo profundo. Nos recuerda que estamos aquí, en este pequeño punto del universo, viviendo una experiencia única e irrepetible.

 

La duda sana, por otro lado, nos protege. Nos invita a cuestionar, a no aceptar todo sin reflexión, a buscar la verdad con humildad.

 

Pero cuando la duda pierde su equilibrio, deja de ser una herramienta y se convierte en ruido.

 

Hoy vemos discusiones interminables: si la Tierra es plana, si el ser humano llegó o no a la Luna, si todo es una mentira. Incluso eventos como Artemis II desatan oleadas de opiniones enfrentadas.

 

Y no es la duda lo que preocupa…

es la forma.

 

Nos hemos acostumbrado a burlarnos, a atacar, a descalificar.

La conversación ha sido reemplazada por el ego.

 

Mientras tanto, el mundo sigue su curso.

 

Hay guerras que destruyen vidas y familias.

El planeta nos pide a gritos que cambiemos nuestro rumbo.

Niños sufren en silencio.

Personas viven olvidadas, invisibles para muchos.

 

Y sin embargo… seguimos distraídos.

 

No es que cuestionar esté mal.

Lo que necesitamos es aprender a dirigir nuestra atención.

 

Tal vez la verdadera pregunta no es si alguien llegó a la Luna…

sino si nosotros estamos siendo verdaderamente humanos aquí en la Tierra.

 

Tal vez el cambio comienza cuando dejamos de discutir por tener la razón

y empezamos a actuar desde el corazón.

 

Imagino un mundo donde dediquemos más tiempo a:

 

Cuidar.

Servir.

Construir.

Acompañar.

 

Un mundo donde el asombro nos mantenga humildes,

y la duda nos mantenga despiertos,

pero donde ambos estén al servicio de algo más grande:

la vida.

 

Porque al final, hermano, no se trata de ganar discusiones…

se trata de no perder nuestra humanidad.

 

 

“Cuando las ideas se vuelven trincheras”


 





A veces no discutimos para comprender,
discutimos para defender.

Defendemos ideas como si fueran nuestras,
como si al soltarlas nos perdiéramos también nosotros.

Y en ese acto, sin darnos cuenta,
dejamos de escuchar.

El otro ya no es un ser humano frente a nosotros,
se convierte en una amenaza,
en alguien que “está equivocado”,
en alguien al que hay que corregir o vencer.

Así, poco a poco,
las palabras dejan de construir puentes
y comienzan a levantar muros.

Sucede en la religión,
sucede en la política,
sucede en la vida cotidiana…

No es el tema lo que nos separa,
es la forma en que nos aferramos a él.

Hemos olvidado algo esencial:

Las ideas no somos nosotros.

Son herramientas,
son mapas,
son intentos de comprender la realidad…
pero no la realidad misma.

Cuando confundimos eso,
el diálogo muere
y nace el conflicto.

Escuchar se vuelve difícil
cuando el ego tiene miedo de ceder.

Pero hay otra forma…

Una forma más simple,
más humana.

Escuchar sin prepararse para responder.
Hablar sin necesidad de imponerse.
Cuestionar sin herir.
Y, sobre todo,
tener la valentía de reconocer
que tal vez… no lo sabemos todo.

En ese espacio,
donde no hay lucha por tener la razón,
aparece algo hermoso:

La posibilidad de encontrarnos.

Y tal vez ahí,
en ese pequeño acto de humildad,
comience el verdadero entendimiento.



“Cuando dejamos de defender ideas,
empezamos a encontrarnos como seres humanos.”


“Entre lo que creemos y lo que es”

 







Vivimos tiempos extraños.

Nunca antes habíamos tenido tanta información al alcance de la mano…
y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir la verdad.

Hoy todo se mezcla:
la ciencia con la especulación,
los hechos con las creencias,
la lógica con el miedo.

Un merengue, como diría un amigo.

Y en medio de ese ruido, el ser humano busca respuestas.
No porque sea ingenuo… sino porque necesita sentido.

He aprendido algo con los años:
no todo lo que suena profundo es verdad,
y no toda duda conduce a la luz.

Hay quienes creen que las pirámides fueron hechas por manos que no son de este mundo.
Otros dudan de lo que ha sido comprobado una y otra vez.
Y no los juzgo.

Porque cada creencia nace de una necesidad…
de entender, de pertenecer, de encontrar un lugar en este universo inmenso.

Pero también he comprendido algo que me ha dado paz:

Una creencia es una elección,
pero no es una evidencia.

Si alguien decide creer en un unicornio rosa que vuela,
yo no tengo derecho a quitarle su idea.
Pero tampoco estoy obligado a aceptarla como realidad.

La verdad no se impone…
pero tampoco se construye solo con deseos.

Por eso, cuando escucho algo extraordinario, no lo rechazo de inmediato…
pero tampoco lo abrazo sin preguntarme:

¿Dónde está la evidencia?
¿Puede comprobarse?
¿Hay otra explicación más simple?
¿A quién le sirve que yo crea esto?

No se trata de desconfiar de todo,
sino de aprender a mirar.

Porque hay algo más profundo aún…

La realidad.

Esa pregunta que ha acompañado al ser humano desde siempre:
¿qué es lo real?

No lo sé con certeza.
Y tal vez nunca lo sepamos del todo.

Pero intuyo algo:

Que más allá de teorías, simulaciones o misterios,
hay una realidad que sí podemos tocar cada día.

La forma en que pensamos.
La manera en que tratamos a los demás.
La honestidad con la que buscamos la verdad.

Ahí, en ese pequeño espacio que habitamos,
en esos tres metros que nos rodean,
tenemos la oportunidad de vivir con claridad.

No para convencer a nadie.
No para tener la razón.

Sino para no perdernos en la niebla.

Porque al final…

No es quien más cree el que más entiende,
sino quien más cuestiona con humildad,
y más ama con conciencia.

martes, 7 de abril de 2026

“Entre lo fugaz y lo eterno”

 






Sueños… imágenes caprichosas que mezclan nuestros recuerdos, que alborotan la memoria durante noches y noches, horas y horas.
Están ahí, cada noche, dentro de nuestra cabeza. Nadie puede verlos excepto uno mismo, porque son propios… íntimos.

Y sin embargo, no los controlamos.
Parecen tener vida propia. Se alimentan de nosotros… pero no nos pertenecen del todo.

En los sueños todo es posible: volar, amar lo que odiamos, vivir lo que nunca hemos vivido, morir y volver a nacer.
De ellos podemos aprender… o simplemente olvidarlos.

Pero hay algo que he comprendido:

no debemos depender de los sueños.
Porque no respetan la razón ni el sentido.


A veces he pensado que cada vez que me duermo es como si muriera…
y al despertar, volviera a nacer.

Pienso en la muerte más de lo que muchos imaginarían.
No me asusta dejar este cuerpo…
me inquieta la posibilidad de que no exista nada después.

Es en esos momentos donde mis creencias se ponen a prueba.
Y ahí, sin mucha teoría, hago lo único que sé hacer:

volver al amor.

Porque es en el amor donde todo, de alguna forma, encuentra sentido.


Cuando uno percibe el absurdo, el sinsentido de la vida…
también empieza a intuir que no hay metas tan claras como nos dijeron,
que no hay progreso lineal como nos enseñaron.

Se comprende —aunque no siempre se quiera aceptar—
que la vida nace con la muerte adosada.
Que no son eventos separados…
sino realidades simultáneas, inseparables.

Y aun así, seguimos.

Tal vez porque, en el fondo, entendemos que la vida es tan frágil, tan pasajera…
que no tiene sentido vivirla como una tragedia.

Morimos desde que nacemos.
Y tal vez… solo teme a la muerte quien aún no ha vivido de verdad.


A veces siento que no vinimos necesariamente a ser felices como nos dijeron.
Quizás la felicidad es solo una idea que nos impulsa a seguir.

Pero la gratitud…
la gratitud es otra cosa.

Ser agradecido no siempre es estar alegre.
Es estar en paz con lo que hay…
y también con lo que no hay.

Es reconocer las pequeñas victorias,
y admirar la lucha silenciosa que implica seguir viviendo.

A veces, el simple hecho de no derrumbarnos…
ya es motivo suficiente para celebrar.


Podríamos quedarnos en la angustia, en el dolor, en la desesperanza…
pero entonces, ¿qué pasaría con esos momentos en los que nos hemos sentido vivos?

Porque todos hemos tenido instantes así.

Momentos en los que compartimos con alguien,
en los que nos sentimos parte de algo,
en los que fuimos, aunque fuera por un instante,
dueños de nuestro destino.

Nos cruzamos en la vida de otros…
y en ese cruce, algo siempre queda:

nos llevamos un poco de ellos,
y dejamos un poco de nosotros.


No extraño lugares…
extraño momentos.

Extraño un barrio, una risa, una conversación, una mirada.
Extraño a quienes caminaron conmigo.

Nunca he sentido que pertenezca a un país.
Siempre he sentido que pertenezco a la Tierra…
y a las personas que han tocado mi vida.

Podemos extrañar profundamente a alguien que ya no está,
a ese hermano, a ese amigo,
a quien pudimos contarle lo más íntimo sin miedo a ser juzgados.

Ese vacío… es real.


La vida es confusa, a veces caótica.
Todos cargamos algo.

No tengo todas las respuestas…
pero sí he aprendido algo:

cuando uno saca lo que lleva dentro, algo se alivia.


A veces pensamos que tememos a la muerte…
pero en el fondo, muchas veces lo que tememos es a la vida:

a vivirla plenamente,
a sentirla sin filtros,
a mostrarnos como somos.

Me gusta pensar que nuestra vida nos pertenece.
Que podemos cambiarla… incluso con una sola decisión.


La vida es fugaz.

Como la arena entre las manos…
solo podemos sostener una parte.

Y al final, vivir es también aprender a soltar.

Pero hay algo que duele profundamente:

no tomarse el tiempo para decir adiós.


Mientras escribo esto…
siento como si el corazón quisiera salirse del pecho.

Y pienso…

tal vez así es como deberíamos sentir la vida.


Es demasiado corta para no perdonar.
Demasiado valiosa para juzgar.
Demasiado frágil para no amar.


Cuando era joven pensaba que esta realidad, dura y confusa, era todo lo que había.

Hoy… no estoy tan seguro.

Porque he visto miradas, he sentido momentos,
he vivido cosas que no puedo explicar del todo…

y que me hacen pensar que hay algo más.


La nostalgia no es mala.
Significa que hemos vivido cosas buenas.

Sería triste no tener nada que recordar,
nada que extrañar.

Ese primer beso…
la luz en la mirada de tu madre…
ese momento en el que hiciste algo que te llenó por completo.

Eso… eso es vida.


A veces me enredo en lo que escribo…

pero si soy honesto…

la muerte de mi hermano me recordó algo que nunca debería olvidar:

la vida es lo que hacemos con ella.

Es cómo miramos el mundo.
Cómo nos miramos a nosotros mismos.
Y cuánto dejamos en los demás en nuestro paso por aquí.

Porque, al final…

eso es lo que queda.

Metropolis: cuando el futuro nos habla del presente

  Hace unos días volví a pensar en Metropolis, aquella obra maestra del cine mudo dirigida por Fritz Lang en 1927. Resulta curioso que, en...