Bienaventurados
los que apartaron espinas en mi camino
de regreso a la
casa del Padre,
pues fueron
ángeles sin alas.
Pero también…
bienaventurados
aquellos
que, sin saberlo,
dejaron espinas en mis pies.
Porque en cada
herida
aprendí a caminar
con más conciencia,
a mirar con más
profundidad,
a sentir con más
verdad.
Hoy comprendo que
no solo me construyeron
los que me
tendieron la mano…
sino también los
que me obligaron a levantarme.
Cada encuentro
dejó algo en mí.
Y algo de mí…
quedó en otros.
Así, paso a paso,
entre caricias y
tropiezos,
fui siendo
moldeado por la vida.
Y hoy, al mirar
atrás,
no guardo
reclamos…
solo gratitud.
Porque todo…
de alguna forma,
me trajo hasta
aquí.

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