![]() |
Vivimos en un tiempo extraño.
Se nos enseñó que la riqueza consiste en acumular cosas, pero casi nadie nos advirtió que todo lo que poseemos termina, tarde o temprano, reclamándonos.
Tiempo. Atención. Energía. Vida.
Y cuando hablo de posesión no me refiero solo a lo material.
También nos poseen ideas que nunca examinamos,
creencias sin fundamento,
principios impuestos como moldes,
valores convertidos en eslóganes publicitarios, repetidos hasta vaciarse de sentido.
Basta con observar las redes sociales:
personas repitiendo frases, consignas, indignaciones prefabricadas, como si pensar por cuenta propia fuese un acto innecesario o peligroso.
No es maldad.
Es distracción.
Es automatismo.
Una mente constantemente estimulada no tiene silencio.
Y sin silencio no hay preguntas.
Y sin preguntas, la vida se vive en piloto automático.
Recuerdo mi infancia y adolescencia con menos ruido, menos estímulos, menos distracciones.
Eso me permitió mirar, aburrirme, observar, escuchar.
Centrarme en lo importante.
Hoy, muchos caminan la vida ocupados pero no orientados, distraídos de su propia existencia, consumiendo para llenar un vacío que nunca se sacia.
Y sin embargo —porque esto también es verdad— no todo está perdido.
He sido testigo de quienes levantan su lámpara.
De quienes toman las riendas de su destino.
De quienes deciden no vivir poseídos ni por cosas, ni por ideas, ni por miedos heredados.
Somos pocos, sí.
Siempre lo hemos sido.
Pero basta ver lo que hace una cerilla encendida en una habitación oscura:
no ilumina todo,
pero rompe la oscuridad.
No se trata de convencer a nadie.
Se trata de vivir con coherencia.
De hablar solo cuando las palabras son mejores que el silencio.
De caminar ligeros, con lo esencial, libres por dentro.
Quizá ese sea nuestro verdadero acto de resistencia:
no poseer nada… para que nada nos posea.
