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jueves, 5 de febrero de 2026

La duda, el pensamiento crítico y el arte de preguntar




Vivimos tiempos confusos.
Nunca antes hubo tanta información disponible y, paradójicamente, nunca fue tan difícil discernir qué es verdadero y qué no. Opiniones, teorías, versiones, intereses y miedos circulan sin descanso. En medio de ese ruido, la duda aparece como una reacción natural.
Dudar es sano.
Dudar es humano.
Pero dudar, por sí sola, no es pensar.
Hoy vemos a muchas personas que dudan de todo, pero no buscan comprender nada. La duda se vuelve una postura, una identidad, una desconfianza permanente. No conduce a la claridad; conduce al cansancio, al cinismo o al miedo.
Por eso siempre digo que no son las respuestas lo más importante, sino la calidad de las preguntas.
Una mala pregunta confunde.
Una buena pregunta ordena.
El pensamiento crítico no consiste en negar todo, sino en aprender a preguntar bien. Y para preguntar con honestidad, a veces es necesario volver al origen.
Cuando la duda me visita, sobre todo en cuestiones existenciales, regreso a lo simple:
¿Estoy vivo? Sí.
¿Estoy aquí? Sí.
¿Tengo un cuerpo y una conciencia que experimenta este momento? Sí.
Desde ahí, todo se aquieta.
Existo. El universo existe. Algo ocurre aquí y ahora.
Entonces aparece la pregunta esencial, la que da sentido a todas las demás:
¿cuál es mi propósito en este momento de la vida?
Mi respuesta es sencilla y profunda a la vez: crecer, elevar mi conciencia y hacerlo a través del amor.
Ese es mi norte.
Desde ahí, cada duda pasa por un filtro claro:
¿Esta pregunta me ayuda a crecer?
¿Me acerca a la comprensión, a la justicia, a la humanidad?
¿O solo alimenta el miedo, la sospecha y la dispersión?
Si la pregunta es honesta y necesaria, busco, leo, escucho, reflexiono y continúo.
Si no lo es, la dejo pasar. No toda pregunta merece ocupar nuestra energía. A veces, la sabiduría también consiste en saber qué preguntas no hacernos.
Vivimos rodeados de teorías: conspiraciones, élites, verdades ocultas, manipulaciones. Algunas pueden contener fragmentos de realidad; otras no. Pero incluso si fueran ciertas, la pregunta verdaderamente importante sigue siendo la misma:
¿qué hago yo con esto, aquí y ahora?
Porque mientras debatimos si el mundo está manipulado, el mundo sigue necesitando actos de bondad.
Mientras discutimos si el cambio climático es real o exagerado, la Tierra sigue necesitando cuidado.
Mientras luchamos por tener la razón, el otro sigue esperando humanidad.
Nada me impide ser justo.
Nada me impide amar.
Nada me impide cuidar mis “tres metros”, ese pequeño espacio donde mi forma de vivir sí marca una diferencia.
La vida es breve. Un soplo.
Demasiado valiosa para gastarla girando alrededor del miedo o la ira.
Pensar críticamente no es desconfiar de todo; es no perder el centro.
No es acumular respuestas, sino aprender a formular preguntas que nos hagan más conscientes, más humanos, más vivos.
Quizá la verdad no esté en las certezas que defendemos,
sino en la calidad de las preguntas que somos capaces de sostener sin miedo.

HERENCIAS, CONCIENCIA Y ESPERANZA





Cada generación tiende a señalar a la anterior.
En ese gesto viajan frustraciones no resueltas,
expectativas heredadas
y miedos que nunca aprendimos a nombrar.
Somos, en parte,
prisioneros de lo que nuestros padres valoraron
y rehenes de sus sueños inconclusos.
No por culpa,
sino por transmisión silenciosa.
Quizá lo más difícil
sea haber comprendido esto
cuando ya no estaban
para decirlo.
Vivimos una época de cambios acelerados.
Las formas, los valores y las costumbres se transforman.
Algunas cosas florecen,
otras se erosionan.
La libertad, a veces, se intercambia por comodidad.
Nada de esto es nuevo:
solo adopta nuevos rostros.
Hay quienes creen que la humanidad “va en caída”.
Otros sostienen que somos mejores que antes.
Tal vez ambas miradas sean incompletas.
La historia humana nunca ha sido una línea recta.
Avanza, tropieza, aprende, vuelve a intentar.
Siempre ha convivido la luz con la sombra.
El bien suele ser silencioso;
la oscuridad, en cambio, necesita hacerse visible.
Es cierto: enfrentamos desafíos enormes.
La desigualdad, la crisis ambiental,
la fragmentación social,
la pérdida de sentido.
Pero también es cierto
que cada desafío encierra una posibilidad de despertar.
La humanidad ha demostrado, una y otra vez,
una capacidad profunda para adaptarse,
aprender y transformarse.
No desde la perfección,
sino desde la experiencia.
Por eso, más que hablar de decadencia o progreso,
tal vez la pregunta correcta sea otra:
¿qué estamos haciendo, cada uno,
con la conciencia que nos ha sido dada?
Todo cambio verdadero
comienza en el interior.
En la forma en que cultivamos la paz,
la paciencia, la empatía.
En cómo construimos nuestros valores,
en cómo nos relacionamos con los demás
y con la creación.
La educación, el pensamiento crítico,
el acceso al conocimiento
y, sobre todo,
la responsabilidad personal
siguen siendo semillas fundamentales.
No se trata de juzgar a la humanidad,
sino de participar conscientemente en ella.
Si cada uno cuida su pequeño espacio de luz,
el mundo —inevitablemente—
responde.

No poseer para no ser poseído

Vivimos en un tiempo extraño. Se nos enseñó que la riqueza consiste en acumular cosas, pero casi nadie nos advirtió que todo lo que poseemos...