Lo contrario del amor es el miedo.
Desde que puedo recordar, siempre he tenido miedo.
Miedo al fracaso, a decepcionar a los demás, a hacer
daño… o a que me lo hagan.
Durante mucho tiempo pensé que la mejor forma de
protegerme era estar siempre en guardia. Me concentré en otras cosas, en otras
personas, en cualquier cosa que mantuviera mi corazón a distancia. Llegué
incluso a creer que si lograba no sentir demasiado, nada podría herirme.
Pero estaba equivocado.
No solo me cerré al dolor…
me cerré a todo.
Me cerré a vivir la experiencia de la vida.
Y cuando uno se cierra a la vida, llega un momento en
que dentro ya no queda casi nada.
Es cierto que debemos vivir el presente.
Pero lo más hermoso del presente es que siempre existe
un mañana.
Y siempre podemos decidir que ese mañana cuente.
Desde los inicios de la humanidad, el gobierno de unos
seres humanos sobre otros se ha ejercido mediante diferentes mecanismos: el
dominio militar, el económico, el control del pensamiento.
Todo poder necesita imponer límites. Pero para que
esos límites sean aceptados, el poder debe justificar su existencia. Debe
parecer legítimo.
La legitimidad no solo consigue que aceptemos esos
límites. También consigue que aceptemos como justas acciones que a veces
incluyen la violencia o el uso de una herramienta muy poderosa: el miedo.
El miedo es uno de los instrumentos más eficaces del
poder.
Para mantenerse, el poder necesita que sus decisiones
coincidan con los valores y creencias dominantes en la sociedad. Cuando logra
eso, sus decisiones son aceptadas con mayor facilidad.
Y en ese proceso los avances tecnológicos han jugado
un papel importante. A lo largo del tiempo han surgido estructuras capaces de
moldear el pensamiento colectivo: la prensa, la radio, la televisión, y hoy las
redes sociales.
A esto se suma un sistema educativo que, muchas veces
sin que lo notemos, facilita la aceptación de ciertas ideas, valores y estados
de ánimo en el individuo.
Así, poco a poco, el miedo se instala silenciosamente
en la conciencia colectiva.
El odio —odium, en latín— es una repulsa hacia alguien
o hacia algo. Pero en realidad es algo inútil.
El odio es como beber veneno esperando que otro muera.
Sin embargo, el odio no es el verdadero opuesto del amor.
El verdadero opuesto del amor es el miedo.
El miedo de amar.
Porque amar implica libertad.
Y el miedo de amar es, en el fondo, miedo de ser
libres.
El amor dulcifica el corazón.
El miedo lo endurece.
El amor nos abre al universo.
El miedo nos encierra dentro de nosotros mismos.
¿Por qué tenemos miedo de amar?
Porque el amor siempre implica un riesgo.
Amar es exponerse.
Amar es abrir el corazón sin garantías.
En cierto sentido, amar es lanzarse a la vida con los ojos vendados.
Nuestras experiencias pasadas, nuestras heridas y nuestras creencias nos enseñan a protegernos. Nos enseñan a levantar muros.
Pero esos mismos muros que creemos que nos protegen terminan separándonos de lo más esencial.
Muchas veces el miedo a amar nace de algo más profundo: la falta de amor hacia nosotros mismos.
Si no podemos amarnos a nosotros mismos, ¿cómo
podremos amar a otra persona?
¿cómo podremos amar la vida?
¿cómo podremos amar la creación y sentirnos ciudadanos
del cosmos?
El miedo es una de las emociones más difíciles de manejar.
El dolor se llora.
La rabia se grita.
Pero el miedo se instala silenciosamente en el corazón.
Nace en la mente.
Porque el miedo, muchas veces, no es más que una idea que tenemos sobre lo que podría ocurrir.
Es cierto que el miedo primitivo tiene una función: protegernos. Gracias a él nuestros antepasados sobrevivieron.
Pero cuando el miedo se convierte en un estado permanente de la mente y del corazón, deja de protegernos.
Entonces nos aprisiona.
Nos inmoviliza.
Nos roba la vida.
Yo creo en una Fuente de la que todo emana.
Algunos la llaman Dios.
Otros la llaman el Creador.
Para mí esa Fuente es, esencialmente, amor.
Esa Fuente no conoce la enfermedad ni la carencia.
Su lenguaje es el amor.
Por eso el miedo, en el fondo, es ausencia de amor.
Es la distancia que creamos entre nosotros y esa Fuente.
En la tradición hebrea se cuenta que el joven David se enfrentó al gigante Goliat.
No tenía armadura.
No tenía espada.
Solo tenía una convicción profunda:
que Dios estaba con él.
Es decir, que el amor estaba con él.
Y esa convicción fue más fuerte que el gigante.
Hoy es doloroso observar cómo la humanidad parece haberse entregado nuevamente al miedo.
Ante una epidemia, ante una crisis, ante la
incertidumbre del futuro, muchas personas imaginan distopías, escenarios
apocalípticos.
Sin embargo, la historia de la humanidad está llena de momentos difíciles.
Pandemias.
Guerras.
Catástrofes.
Y aun así la humanidad siempre ha resurgido.
Siempre ha habido personas que, en medio de la
oscuridad, han elegido la esperanza.
Por supuesto, ante una enfermedad debemos actuar con
responsabilidad.
Pero también sabemos que nuestro sistema inmunológico
se fortalece cuando nuestra mente se mantiene serena y nuestro corazón alegre.
No podemos evitar todo lo inevitable.
Nuestro cuerpo es temporal.
Pero somos más que este cuerpo.
La vida en este plano es solo una etapa en el gran
viaje de la existencia.
Por eso siempre digo algo que puede parecer simple,
pero que encierra una verdad profunda:
Lo terrible no es que la gente muera.
Lo verdaderamente terrible es que no vivamos.
Que pasemos por la vida dominados por el miedo.
Que olvidemos amar.
Que olvidemos que, a pesar de todo, estar vivos sigue siendo
uno de los mayores milagros del universo.
