Vivimos tiempos
extraños.
Nunca antes
habíamos tenido tanto acceso a la información, y sin embargo, pareciera que
cada día nos alejamos más de lo esencial.
Creo que hay dos
herramientas que pueden ayudarnos a caminar con mayor claridad en medio de todo
esto:
el asombro y la
duda sana.
El asombro nos
permite abrir los ojos y el corazón. Nos conecta con la grandeza de la vida,
con lo simple, con lo profundo. Nos recuerda que estamos aquí, en este pequeño
punto del universo, viviendo una experiencia única e irrepetible.
La duda sana, por
otro lado, nos protege. Nos invita a cuestionar, a no aceptar todo sin
reflexión, a buscar la verdad con humildad.
Pero cuando la
duda pierde su equilibrio, deja de ser una herramienta y se convierte en ruido.
Hoy vemos
discusiones interminables: si la Tierra es plana, si el ser humano llegó o no a
la Luna, si todo es una mentira. Incluso eventos como Artemis II desatan
oleadas de opiniones enfrentadas.
Y no es la duda lo
que preocupa…
es la forma.
Nos hemos
acostumbrado a burlarnos, a atacar, a descalificar.
La conversación ha
sido reemplazada por el ego.
Mientras tanto, el
mundo sigue su curso.
Hay guerras que
destruyen vidas y familias.
El planeta nos
pide a gritos que cambiemos nuestro rumbo.
Niños sufren en
silencio.
Personas viven
olvidadas, invisibles para muchos.
Y sin embargo…
seguimos distraídos.
No es que
cuestionar esté mal.
Lo que necesitamos
es aprender a dirigir nuestra atención.
Tal vez la
verdadera pregunta no es si alguien llegó a la Luna…
sino si nosotros
estamos siendo verdaderamente humanos aquí en la Tierra.
Tal vez el cambio
comienza cuando dejamos de discutir por tener la razón
y empezamos a
actuar desde el corazón.
Imagino un mundo
donde dediquemos más tiempo a:
Cuidar.
Servir.
Construir.
Acompañar.
Un mundo donde el
asombro nos mantenga humildes,
y la duda nos
mantenga despiertos,
pero donde ambos
estén al servicio de algo más grande:
la vida.
Porque al final,
hermano, no se trata de ganar discusiones…
se trata de no
perder nuestra humanidad.
