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lunes, 27 de abril de 2026

🌿 El Agua: memoria de la vida

 





El agua siempre me ha cautivado.

Algo tan esencial, compuesto simplemente por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno —H₂O— encierra el misterio de la vida misma.

Cuando la lluvia cae, me maravillo ante la bendición que representa: gotas puras descendiendo desde el cielo, recorriendo la tierra, nutriendo todo a su paso, recordándonos el ciclo sagrado de la existencia.

El agua cubre el 71% de la superficie del planeta, la misma proporción que compone nuestros cuerpos. Se dice que la cantidad de agua en la Tierra ha permanecido prácticamente constante desde su formación, circulando en un proceso continuo de transformación y purificación.

Cuando observo una tormenta y veo la lluvia acariciar la tierra, me veo a mí mismo en una de esas gotas: cayendo, transformándome, renovándome… retornando para generar vida.


🌊 Vida en movimiento

Así como el agua sigue su ciclo, nuestras vidas son parte de un orden mayor.

Venimos del cielo a la tierra, como gotas que asumen distintas formas.

Algunos caemos sobre desiertos,
otros sobre campos fértiles,
unos en ciudades caóticas,
otros en ríos serenos.

Nos convertimos en hielo, en vapor o en un arroyo que fluye hacia el océano.

Pero, sin importar nuestra forma o el lugar donde caigamos…

👉 nuestra esencia sigue siendo la misma:
vida en movimiento.


💧 El agua como metáfora del espíritu

Jesús se refería a sí mismo como el agua que da vida.

En su mensaje, el agua simbolizaba pureza, transformación y renacimiento:

“El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le daré será en él una fuente
de agua que salte para vida eterna.”
—Juan 4:14

Este simbolismo sigue vigente hoy.

Somos más conscientes que nunca de la importancia de cuidar el agua, proteger su pureza, evitar su desperdicio.

Pero también debemos mirar hacia adentro:

👉 ¿es nuestro interior un río de aguas cristalinas…
o un estanque estancado?


🌧️ La confianza de una gota

Cada gota de lluvia cae pura, inmaculada, antes de tocar la tierra.

Si tuviera conciencia, podría temer lo desconocido, preferir permanecer en el cielo.

Sin embargo…

el cielo se abre como un inmenso corazón que se derrama sobre la creación.

Y así, el agua cae confiada:

  • sin resistencia
  • sin aferrarse
  • dispuesta a transformarse

en algo más grande que sí misma.

Tal vez nosotros deberíamos hacer lo mismo.


🌌 Somos gotas de un mismo océano

Frente al océano, me conmueve su inmensidad.

Puedo tomar un vaso de ese mar…
y seguirá siendo agua, con la misma esencia.

Y entonces pienso en la humanidad.

👉 Cada uno de nosotros es una gota de ese inmenso océano.

Todos venimos de una misma fuente…
y a ella regresamos.

Cuando nos vemos separados, cuando creemos que somos distintos o mejores que otros…

olvidamos nuestra verdadera naturaleza:

👉 ser agua,
👉 ser vida,
👉 ser amor en movimiento.


🔥 El retorno

A través del fuego de nuestras experiencias, al igual que el agua que se evapora y regresa al cielo, somos transformados.

Cada dolor, cada aprendizaje, cada caída…

👉 nos purifica.

Nos prepara para regresar.

Tal vez, al final…

nuestra existencia no sea más que el ciclo del agua en otra forma:

👉 un viaje de transformación,
👉 de movimiento,
👉 y de retorno a la fuente.


“Somos gotas que olvidaron que son océano… hasta que el viaje las devuelve a su origen.”

🌿 El punto donde todo ocurre

 





A veces creemos que estamos frente a la realidad como si fuera algo externo, separado de nosotros… como si el mundo estuviera ahí, fijo, esperando ser entendido.

Pero con el tiempo, uno descubre algo distinto.

No hay objeto sin sujeto…
ni sujeto sin objeto.

Ambos se encuentran en cada instante, y en ese encuentro ocurre algo silencioso pero profundo:

👉 nace el propósito.

No como algo impuesto desde afuera,
ni como una idea rígida que llevamos dentro,
sino como una dirección que emerge de la relación misma entre lo que somos y lo que percibimos.

Observamos el mundo…
pero el mundo también nos transforma.

Actuamos…
pero nuestras acciones no terminan en el resultado,
sino que regresan a nosotros, nos moldean, nos cuestionan, nos rehacen.

Y así, en ese ciclo continuo:

  • percibimos
  • interpretamos
  • actuamos
  • y nos transformamos

Todo ocurre al mismo tiempo.

El propósito guía la acción…
la acción genera resultados…
y los resultados redefinen quiénes somos.

Entonces uno comprende…

Que la realidad no es algo terminado.

👉 Es un proceso vivo.

Un tejido en movimiento donde el sujeto y el objeto se entrelazan,
y en ese entrelazamiento, la conciencia se expresa, se expande…
y da sentido.

Tal vez no estamos aquí para encontrar un propósito ya hecho…

👉 sino para participar en su creación,
momento a momento,
dentro de nuestros propios “tres metros”.


“El propósito no se encuentra… se construye en la relación entre lo que somos y lo que vivimos.”

domingo, 26 de abril de 2026

“El país que se construye en silencio”

 








Vivimos tiempos donde las decisiones se toman rápido, donde los números pesan, donde todo parece urgente.

Y en medio de ese ritmo, hay preguntas que no siempre se hacen, pero que son necesarias.

No se trata de estar a favor o en contra de alguien.
Se trata de mirar con calma y preguntarnos:

¿Hacia dónde estamos caminando como país?

Cuando se invierten recursos importantes en educación, la pregunta no debería ser solo cuánto, sino cómo y en quién.

Tenemos instituciones como el Instituto Nacional de Aprendizaje, con historia, con presencia en todo el territorio, con la posibilidad de crecer, de adaptarse, de formar.

También contamos con universidades públicas como la Universidad de Costa Rica, que han sido pilares en la construcción del pensamiento, la ciencia y la movilidad social.

Entonces, surge una inquietud sencilla, pero profunda:

¿Estamos fortaleciendo lo que es nuestro, o estamos aprendiendo a depender de lo externo?

No es una acusación.
Es una reflexión.

Porque cuando un país deja de invertir en su propia capacidad, poco a poco pierde algo más que recursos:
pierde autonomía, pierde visión, pierde futuro.

Y esto no ocurre de golpe.
Ocurre en decisiones pequeñas, en caminos que parecen prácticos en el corto plazo, pero que en el tiempo pueden vaciar lo esencial.

No se trata de rechazar lo nuevo, ni de cerrar puertas.
Se trata de encontrar equilibrio.

De construir sin olvidar lo construido.
De avanzar sin debilitar nuestras bases.

Tal vez la verdadera pregunta no es quién tiene la razón…
sino si estamos tomando decisiones que nos harán más capaces, más libres, más conscientes como sociedad.

Cada uno desde sus “tres metros” puede hacerse esa pregunta.
Sin enojo.
Sin ruido.
Solo con honestidad.

Porque al final, el país que queremos no se impone…
se construye.

domingo, 12 de abril de 2026

El universo en tres metros

 

 




 

 

A lo largo de la historia, el ser humano ha levantado la mirada hacia el cielo con asombro.

Ha soñado con tocar las estrellas, con comprender el origen de todo, con descifrar los misterios del universo. Hoy, con misiones como Artemis II, ese sueño parece más cercano que nunca.

 

Y sin embargo…

 

Mientras avanzamos hacia lo inmenso, muchas veces olvidamos lo más cercano.

 

Podemos cruzar el espacio, pero no siempre sabemos habitar nuestro propio ser.

 

La ciencia avanza, la tecnología crece, el conocimiento se expande.

Eso es digno de admiración. Es parte de lo que somos: curiosidad, búsqueda, expansión.

 

Pero hay una pregunta que permanece intacta:

 

¿Cómo vivimos?

 

No en Marte.

No en la Luna.

No en teorías o posibilidades.

 

Aquí.

Ahora.

En este pequeño espacio que nos rodea.

 

He comprendido que la vida no se define por los grandes acontecimientos del mundo,

sino por lo que ocurre en ese espacio íntimo que llamo los tres metros.

 

Es ahí donde todo toma forma:

 

cómo trato a quien tengo enfrente

cómo reacciono ante la dificultad

cómo elijo entre el juicio o la comprensión

cómo me relaciono con la creación

y, sobre todo… cómo me relaciono conmigo mismo

 

Porque puedo admirar el universo…

pero si no encuentro paz en mi interior, sigo perdido.

 

Puedo entender teorías complejas…

pero si no soy capaz de amar, no he comprendido lo esencial.

 

Puedo hablar de evolución…

pero si no transformo mi carácter, sigo en el mismo punto.

 

El verdadero viaje no requiere cohetes.

 

Requiere silencio.

Requiere honestidad.

Requiere valor para mirarse sin máscaras.

 

He llegado a entender que el mayor desafío del ser humano no es conquistar el espacio,

sino conquistarse a sí mismo.

 

No es descubrir nuevos mundos,

sino aprender a habitar este.

 

Y es en ese pequeño radio, en esos tres metros que nos rodean,

donde se juega todo:

 

Ahí se construye la paz… o el conflicto.

Ahí nace el amor… o el egoísmo.

Ahí se decide si somos parte del problema… o parte de la solución.

 

Tal vez algún día la humanidad logre viajar entre estrellas.

 

Pero si ese día llega, ojalá también haya aprendido algo más importante:

 

a mirarse,

a comprenderse,

a respetarse,

a vivir desde el corazón.

 

Porque al final…

 

el universo más importante no está allá afuera.

 

Está dentro de nosotros,

y se manifiesta en cada paso que damos

dentro de nuestros tres metros.

“Entre lo que creemos y lo que es”

 







Vivimos tiempos extraños.

Nunca antes habíamos tenido tanta información al alcance de la mano…
y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir la verdad.

Hoy todo se mezcla:
la ciencia con la especulación,
los hechos con las creencias,
la lógica con el miedo.

Un merengue, como diría un amigo.

Y en medio de ese ruido, el ser humano busca respuestas.
No porque sea ingenuo… sino porque necesita sentido.

He aprendido algo con los años:
no todo lo que suena profundo es verdad,
y no toda duda conduce a la luz.

Hay quienes creen que las pirámides fueron hechas por manos que no son de este mundo.
Otros dudan de lo que ha sido comprobado una y otra vez.
Y no los juzgo.

Porque cada creencia nace de una necesidad…
de entender, de pertenecer, de encontrar un lugar en este universo inmenso.

Pero también he comprendido algo que me ha dado paz:

Una creencia es una elección,
pero no es una evidencia.

Si alguien decide creer en un unicornio rosa que vuela,
yo no tengo derecho a quitarle su idea.
Pero tampoco estoy obligado a aceptarla como realidad.

La verdad no se impone…
pero tampoco se construye solo con deseos.

Por eso, cuando escucho algo extraordinario, no lo rechazo de inmediato…
pero tampoco lo abrazo sin preguntarme:

¿Dónde está la evidencia?
¿Puede comprobarse?
¿Hay otra explicación más simple?
¿A quién le sirve que yo crea esto?

No se trata de desconfiar de todo,
sino de aprender a mirar.

Porque hay algo más profundo aún…

La realidad.

Esa pregunta que ha acompañado al ser humano desde siempre:
¿qué es lo real?

No lo sé con certeza.
Y tal vez nunca lo sepamos del todo.

Pero intuyo algo:

Que más allá de teorías, simulaciones o misterios,
hay una realidad que sí podemos tocar cada día.

La forma en que pensamos.
La manera en que tratamos a los demás.
La honestidad con la que buscamos la verdad.

Ahí, en ese pequeño espacio que habitamos,
en esos tres metros que nos rodean,
tenemos la oportunidad de vivir con claridad.

No para convencer a nadie.
No para tener la razón.

Sino para no perdernos en la niebla.

Porque al final…

No es quien más cree el que más entiende,
sino quien más cuestiona con humildad,
y más ama con conciencia.

martes, 7 de abril de 2026

“Entre lo fugaz y lo eterno”

 






Sueños… imágenes caprichosas que mezclan nuestros recuerdos, que alborotan la memoria durante noches y noches, horas y horas.
Están ahí, cada noche, dentro de nuestra cabeza. Nadie puede verlos excepto uno mismo, porque son propios… íntimos.

Y sin embargo, no los controlamos.
Parecen tener vida propia. Se alimentan de nosotros… pero no nos pertenecen del todo.

En los sueños todo es posible: volar, amar lo que odiamos, vivir lo que nunca hemos vivido, morir y volver a nacer.
De ellos podemos aprender… o simplemente olvidarlos.

Pero hay algo que he comprendido:

no debemos depender de los sueños.
Porque no respetan la razón ni el sentido.


A veces he pensado que cada vez que me duermo es como si muriera…
y al despertar, volviera a nacer.

Pienso en la muerte más de lo que muchos imaginarían.
No me asusta dejar este cuerpo…
me inquieta la posibilidad de que no exista nada después.

Es en esos momentos donde mis creencias se ponen a prueba.
Y ahí, sin mucha teoría, hago lo único que sé hacer:

volver al amor.

Porque es en el amor donde todo, de alguna forma, encuentra sentido.


Cuando uno percibe el absurdo, el sinsentido de la vida…
también empieza a intuir que no hay metas tan claras como nos dijeron,
que no hay progreso lineal como nos enseñaron.

Se comprende —aunque no siempre se quiera aceptar—
que la vida nace con la muerte adosada.
Que no son eventos separados…
sino realidades simultáneas, inseparables.

Y aun así, seguimos.

Tal vez porque, en el fondo, entendemos que la vida es tan frágil, tan pasajera…
que no tiene sentido vivirla como una tragedia.

Morimos desde que nacemos.
Y tal vez… solo teme a la muerte quien aún no ha vivido de verdad.


A veces siento que no vinimos necesariamente a ser felices como nos dijeron.
Quizás la felicidad es solo una idea que nos impulsa a seguir.

Pero la gratitud…
la gratitud es otra cosa.

Ser agradecido no siempre es estar alegre.
Es estar en paz con lo que hay…
y también con lo que no hay.

Es reconocer las pequeñas victorias,
y admirar la lucha silenciosa que implica seguir viviendo.

A veces, el simple hecho de no derrumbarnos…
ya es motivo suficiente para celebrar.


Podríamos quedarnos en la angustia, en el dolor, en la desesperanza…
pero entonces, ¿qué pasaría con esos momentos en los que nos hemos sentido vivos?

Porque todos hemos tenido instantes así.

Momentos en los que compartimos con alguien,
en los que nos sentimos parte de algo,
en los que fuimos, aunque fuera por un instante,
dueños de nuestro destino.

Nos cruzamos en la vida de otros…
y en ese cruce, algo siempre queda:

nos llevamos un poco de ellos,
y dejamos un poco de nosotros.


No extraño lugares…
extraño momentos.

Extraño un barrio, una risa, una conversación, una mirada.
Extraño a quienes caminaron conmigo.

Nunca he sentido que pertenezca a un país.
Siempre he sentido que pertenezco a la Tierra…
y a las personas que han tocado mi vida.

Podemos extrañar profundamente a alguien que ya no está,
a ese hermano, a ese amigo,
a quien pudimos contarle lo más íntimo sin miedo a ser juzgados.

Ese vacío… es real.


La vida es confusa, a veces caótica.
Todos cargamos algo.

No tengo todas las respuestas…
pero sí he aprendido algo:

cuando uno saca lo que lleva dentro, algo se alivia.


A veces pensamos que tememos a la muerte…
pero en el fondo, muchas veces lo que tememos es a la vida:

a vivirla plenamente,
a sentirla sin filtros,
a mostrarnos como somos.

Me gusta pensar que nuestra vida nos pertenece.
Que podemos cambiarla… incluso con una sola decisión.


La vida es fugaz.

Como la arena entre las manos…
solo podemos sostener una parte.

Y al final, vivir es también aprender a soltar.

Pero hay algo que duele profundamente:

no tomarse el tiempo para decir adiós.


Mientras escribo esto…
siento como si el corazón quisiera salirse del pecho.

Y pienso…

tal vez así es como deberíamos sentir la vida.


Es demasiado corta para no perdonar.
Demasiado valiosa para juzgar.
Demasiado frágil para no amar.


Cuando era joven pensaba que esta realidad, dura y confusa, era todo lo que había.

Hoy… no estoy tan seguro.

Porque he visto miradas, he sentido momentos,
he vivido cosas que no puedo explicar del todo…

y que me hacen pensar que hay algo más.


La nostalgia no es mala.
Significa que hemos vivido cosas buenas.

Sería triste no tener nada que recordar,
nada que extrañar.

Ese primer beso…
la luz en la mirada de tu madre…
ese momento en el que hiciste algo que te llenó por completo.

Eso… eso es vida.


A veces me enredo en lo que escribo…

pero si soy honesto…

la muerte de mi hermano me recordó algo que nunca debería olvidar:

la vida es lo que hacemos con ella.

Es cómo miramos el mundo.
Cómo nos miramos a nosotros mismos.
Y cuánto dejamos en los demás en nuestro paso por aquí.

Porque, al final…

eso es lo que queda.

domingo, 17 de mayo de 2020

Vive libre... Muere en paz

Sueños, imágenes caprichosas que mezclan nuestros recuerdos, alborotan nuestra memoria durante noches y noches, horas y horas. Los sueños están ahí, cada noche, dentro de tu cabeza. Nadie puede verlos excepto tú porque son tuyos. Sin embargo, no puedes controlarlos, dependen de sí mismos, aunque se alimentan de ti, pero son simplemente sueños. En los sueños todo es posible: volar, amar lo odiado, vivir lo que nunca has vivido, morir y volver a nacer. De los sueños puedes aprender, puedes olvidarlos; lo único que no debes hacer jamás es depender de ellos porque los sueños no respetan la razón ni el sentido, por eso nadie debería entrar en los sueños de otro, nadie vivo. Muchas veces he dicho que cada vez que me duermo es como si muriera y resucitara por la mañana, pienso en la muerte todos los días en ocasiones me asusta no el hecho de abandonar este cuerpo, creo que más bien el que no exista nada después de… y es cuando mis creencias se ponen a prueba, en ese momento me esfuerzo por unir con el Amor pues es en el Amor donde todo tiene sentido
 Cuando se percibe el absurdo, el sinsentido de la vida, se percibe también que no hay metas y que no hay progreso. Se entiende, aunque no se quiera aceptar, que la vida nace con la muerte adosada; que la vida y la muerte no son consecutivas, sino simultáneas e inseparables. Si uno puede conservar la cordura y cumplir con normas y rutinas en las que no cree es porque la lucidez nos hace ver que la vida es tan banal que no se puede vivir como una tragedia. Morimos desde el momento en que nacemos y solo teme a la muerte quien no ha vivido.
Puede que no tengamos que ser felices o puede que la felicidad es solo una idea que nos impulsa por la vida, puede que la gratitud no tenga nada que ver con la alegría, puede que ser agradecido signifique estar contento con lo que tienes y agradecido aún con lo que no tienes, apreciar las victorias, admirar la lucha que implica seguir viviendo. Quizás estamos agradecidos por lo que nos resulta familiar y puede que por las cosas que no sabremos nunca. Al final del día el simple hecho de tener el valor de no derrumbarnos, es suficiente motivo para celebrarlo.

 Podríamos sumergirnos en la angustia, el dolor y la desesperanza, pero donde quedarían nuestros sueños, esos en los que nos vemos contentos, únicos dueños de nuestros destinos. En muchos de estos sueños nos vemos junto a alguien amigos, familiares los más cercanos a nuestras vidas y es que influimos en las vidas de quienes se cruzan en las nuestras, el resultado de esta colisión es que nos llevamos algo de esa persona y entregamos algo de la nuestra Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña un barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, el que se cree que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento, Existe una sola patria La Tierra, podemos extrañar a un hermano que se haya marchado de este mundo a uno entrañable, a ese hermano que pudiste contar los más íntimos secretos y anhelos sin juzgarte, ese que te acompañó a sitios a los que no quería ir, Todos sentimos dolor, todos tenemos caos en nuestras vidas. La vida es muy muy confusa, lo sé. No tengo respuestas, pero sé que si lo sacas fuera te sentirás mejor, No temes a la muerte, le tienes miedo a la vida me gusta pensar que nuestra vida nos pertenece, que podemos cambiarla sin más, como queramos. Que podemos cambiar de vida tomando una decisión en un instante Siempre vale la pena reflexionar acerca de lo fugaz que es la vida. Como la arena solo podemos sujetar una cantidad limitada en nuestras manos toda la vida es un acto de dejar ir, pero lo que más duele es no tomar un momento para decir adiós y mientras escribo se me sale el corazón del pecho Así es como deberías sentirte toda tu vida y es demasiado corta como para no perdonar y para juzgar y no amar, cuando joven pensaba que esta realidad terrible era cuanto había pero vosotros sois la mejor prueba de que la magia existe, que hay más… Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos, sería una putada no tener nada bueno que echar de menos, como la primer veces que una chica te beso y la luz en la mirada de tu madre, esa vez en que hiciste algo que te diera tanta satisfacción con para saltar de alegría, se que a veces me enredo en mis escritos pero la verdad es que la muerte de mi hermano me ha recordado la vida y esta es lo que hagamos de ella es como veamos al mundo, como nos miremos a nosotros y cuanto hayamos influenciado es mundo en nuestro paso por el un poco como seremos recordados .


Que la vida sea en todos.

domingo, 28 de enero de 2018

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