A lo largo de mi
vida me he hecho una pregunta muchas veces:
¿qué pasaría si
Jesús viniera hoy?
Pienso que, al
observar lo que hemos hecho con su mensaje, tal vez diría algo sencillo y
profundo:
“No me
entendieron.”
Y no lo digo desde
el juicio, sino desde la reflexión.
Vivimos en un
mundo donde muchas veces estamos más pendientes del mensajero que del mensaje.
Nos detenemos en la figura, en la forma, en la interpretación… y dejamos de
lado la esencia.
Por eso, en algunos
de mis escritos he dicho:
“No te fijes en lo
sucio de esta copa en que te han servido este vino… solo toma el vino.”
Porque lo
importante no es el envase, sino lo que contiene.
A lo largo del
tiempo, hemos construido alrededor del mensaje estructuras, instituciones,
interpretaciones y formas que, en ocasiones, terminan ocultando aquello que
originalmente buscaban transmitir.
Y sin embargo, a
pesar de todo, el vino sigue ahí.
Cada persona,
desde su propia experiencia, busca sentido, busca consuelo, busca conexión.
Algunos lo encuentran dentro de esas estructuras, otros fuera de ellas. Y ambas
experiencias merecen respeto, porque cada camino es único.
Para mí, Jesús es
mi gran maestro.
Lo veo como un
hombre rebelde, un revolucionario, un incomprendido… alguien que no encajó en
su tiempo, precisamente porque vino a cuestionarlo.
Un hombre que
habló de amor en un mundo que muchas veces elegía el juicio.
Que se acercó a
quienes eran rechazados.
Que rompió
esquemas.
Y que, más allá de
cualquier institución, transformó —y continúa transformando— a la humanidad.
Tal vez el
problema nunca ha sido el mensaje…
sino nuestra
tendencia a quedarnos en la forma.
Quizás el
verdadero desafío es aprender a mirar más allá de la copa, sin despreciarla…
pero sin olvidar el vino.
Y en ese camino,
recordar algo sencillo:
La paz comienza
con el respeto.
El amor no
necesita imponerse.
Y la relación con
lo divino… es profundamente personal.
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