Todos Somos UNO Comunidad
El propósito de esta página es que todos los seres humanos podamos vernos como una sola familia, más allá de religiones, ideologías o fronteras, y despertar una conciencia basada en el amor, la compasión y la unidad.
SMOOTH JAZZ & SOUL
martes, 10 de febrero de 2026
Milk'n Blues - The Thrill is Gone + Summertime (BB king + George Gershwi...
No entregues el timón
En distintos momentos de la historia, y también en nuestra vida cotidiana, los seres humanos hemos tenido la tendencia a buscar figuras a las que entregarles el timón:
El sexo y el espíritu
Las relaciones íntimas de pareja, vistas desde una perspectiva espiritual, pueden ser uno de los caminos más profundos hacia el autoconocimiento, la transformación y la conexión con la Fuente. No se trata solo del placer o del vínculo emocional, sino de una experiencia de unidad que puede elevar o estancar el espíritu, dependiendo de la conciencia con la que se viva.
jueves, 5 de febrero de 2026
No poseer para no ser poseído
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Vivimos en un tiempo extraño.
Se nos enseñó que la riqueza consiste en acumular cosas, pero casi nadie nos advirtió que todo lo que poseemos termina, tarde o temprano, reclamándonos.
Tiempo. Atención. Energía. Vida.
Y cuando hablo de posesión no me refiero solo a lo material.
También nos poseen ideas que nunca examinamos,
creencias sin fundamento,
principios impuestos como moldes,
valores convertidos en eslóganes publicitarios, repetidos hasta vaciarse de sentido.
Basta con observar las redes sociales:
personas repitiendo frases, consignas, indignaciones prefabricadas, como si pensar por cuenta propia fuese un acto innecesario o peligroso.
No es maldad.
Es distracción.
Es automatismo.
Una mente constantemente estimulada no tiene silencio.
Y sin silencio no hay preguntas.
Y sin preguntas, la vida se vive en piloto automático.
Recuerdo mi infancia y adolescencia con menos ruido, menos estímulos, menos distracciones.
Eso me permitió mirar, aburrirme, observar, escuchar.
Centrarme en lo importante.
Hoy, muchos caminan la vida ocupados pero no orientados, distraídos de su propia existencia, consumiendo para llenar un vacío que nunca se sacia.
Y sin embargo —porque esto también es verdad— no todo está perdido.
He sido testigo de quienes levantan su lámpara.
De quienes toman las riendas de su destino.
De quienes deciden no vivir poseídos ni por cosas, ni por ideas, ni por miedos heredados.
Somos pocos, sí.
Siempre lo hemos sido.
Pero basta ver lo que hace una cerilla encendida en una habitación oscura:
no ilumina todo,
pero rompe la oscuridad.
No se trata de convencer a nadie.
Se trata de vivir con coherencia.
De hablar solo cuando las palabras son mejores que el silencio.
De caminar ligeros, con lo esencial, libres por dentro.
Quizá ese sea nuestro verdadero acto de resistencia:
no poseer nada… para que nada nos posea.
El viaje interior
Las fuerzas de la naturaleza, como la gravedad o el magnetismo, tienen sus directrices y sus reglas. De la misma forma, las leyes espirituales cuentan con las suyas.
Si tienes el valor de dejar atrás todo aquello que te protege y te consuela —ya sea tu casa, tus seguridades o viejos rencores— y embarcarte en un viaje en busca de la verdad, hacia el interior o hacia el exterior;
si estás dispuesto a permitir que todo lo que te ocurra en ese viaje te ilumine;
si aceptas como maestro a todo y a todos los que encuentres en el camino;
y si, sobre todo, estás preparado para afrontar y perdonar algunas de las realidades más duras de ti mismo, entonces la verdad no te será negada.
Porque toda esa turbulencia interna que nos destroza, la decepción de las expectativas no cumplidas, la incomprensible crueldad y el temor a no ser aceptados ni aprobados; la dolorosa mirada a nuestra condición terrenal, carcomen nuestra esperanza.
Entonces nos parece que alcanzar la plenitud, la elevación, está muy lejos.
El grito de nuestra fe, la duda oscura que nos ahoga y el silencio, son las pruebas más terribles que debemos transitar.
Pero quien logra atravesar la adversidad, quien no huye ni se endurece, encontrará su recompensa al final del sendero.
La duda, el pensamiento crítico y el arte de preguntar
HERENCIAS, CONCIENCIA Y ESPERANZA
El automóvil del alma
*La soledad del camino consciente y el no pertenecer como acto de fidelidad**
El mal como ausencia de amor: una ética de la responsabilidad
Desde hace años he llegado a una convicción que suele incomodar:
el bien y el mal no existen como entidades opuestas y equivalentes.
No son dos fuerzas enfrentadas en un tablero cósmico.
Para mí, solo existe el amor y su ausencia.
Aquello que llamamos bien es todo lo que brota del amor:
la justicia, la compasión, la dignidad, la paz, el equilibrio, el carácter.
Aquello que llamamos mal no es una sustancia ni una esencia,
sino un vacío, una desconexión, una ausencia de amor.
Esta visión no busca justificar el daño.
Busca comprender su raíz.
Porque el daño es real.
Las heridas existen.
El sufrimiento no es una abstracción.
Pero comprender el origen del daño no lo anula:
lo vuelve más profundamente responsable.
Comprender no es excusar
Existe una confusión frecuente:
creer que comprender a quien daña equivale a absolverlo.
No es así.
Comprender es ampliar la mirada sin renunciar a la responsabilidad.
Es mirar tanto a quien ha sido dañado
como a quien ha causado el daño,
sin perder de vista el contexto, la historia y las condiciones que moldean al ser humano.
Cuando alguien actúa desde la violencia, la indiferencia o la crueldad,
rara vez lo hace desde la plenitud.
Casi siempre lo hace desde la carencia,
desde una historia marcada por la ausencia de amor.
Esto no elimina la responsabilidad personal.
La sitúa en un marco más amplio.
El ser humano es libre,
pero no es ahistórico.
Decide,
pero decide desde un suelo que no siempre eligió.
Justicia, castigo y venganza
La mayoría de los sistemas humanos confunden justicia con venganza.
Cuando alguien daña, la respuesta suele ser infligir un daño proporcional.
Se busca equilibrar el mal con más mal.
Pero el daño no se repara replicándolo.
Quitarle tiempo de vida a alguien que robó
no devuelve lo robado.
Encerrar sin transformar
no restaura lo quebrado.
Por eso pienso que muchas cárceles no corrigen:
reproducen la ausencia de amor
y la institucionalizan.
Esto no significa que todo deba ser permitido.
Hay conductas que deben ser contenidas.
Hay personas que no pueden permanecer libres sin causar daño.
Pero contener no es vengarse.
Proteger no es odiar.
Poner límites no es negar la dignidad del otro.
Los límites verdaderos se ponen por amor,
no por castigo.
Amor, carácter y elección
El amor del que hablo no es sentimentalismo.
El sentimentalismo es emoción sin dirección,
sensibilidad sin carácter,
sentir sin actuar.
El amor auténtico es exigente.
Educa.
Orienta.
Responsabiliza.
Por amor a la vida se construye carácter.
Por amor a uno mismo y a los demás se elige no dañar.
Por amor se asumen las consecuencias de los propios actos.
He visto demasiadas lágrimas que no transforman nada
y demasiada indignación que no se convierte en compromiso.
Sentir no basta.
Actuar con conciencia es indispensable.
Responsabilidad personal en un mundo injusto
Reconocer los condicionamientos sociales no implica negar la libertad.
El contexto influye, pero no determina de forma absoluta.
Yo crecí en un entorno difícil.
Pude haber tomado otros caminos.
No lo hice.
No porque el sistema me educara para ello,
sino porque elegí construir carácter.
Esa elección es posible, aunque no sea fácil.
Y por eso la responsabilidad personal sigue siendo central.
Dios, amor y castigo
Desde esta perspectiva, una idea de Dios como ente vengativo resulta incoherente.
Si la Fuente es amor,
no puede actuar desde el resentimiento ni el castigo eterno.
El infierno, más que un castigo impuesto,
podría entenderse como la experiencia de la desconexión del amor.
No como condena divina,
sino como consecuencia existencial.
El amor no castiga.
El amor educa.
El amor busca restaurar.
Una ética de la conciencia
No se trata de negar el daño.
Se trata de no multiplicarlo.
No se trata de ingenuidad.
Se trata de madurez.
Una ética basada en el amor no es débil.
Es profundamente responsable.
Porque exige conciencia, carácter y elección constante.
El mal no es una fuerza que se combate.
Es una ausencia que se revela.
Y cada acto realizado sin amor
no solo hiere al otro,
sino que nos hiere a nosotros mismos,
alejándonos de aquello que nos hace verdaderamente humanos.
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