SMOOTH JAZZ & SOUL

domingo, 25 de enero de 2026

La Vida




 Algunos tenemos la tendencia a hablar de la vida como si fuera una experiencia ajena a nosotros.

Pero la vida es lo que nos ocurre a cada momento: en cada aliento, en cada respiro, en cada palpitar del corazón.

Muchos teorizamos sobre valores y principios, sobre cómo alcanzar la plenitud, sobre cuál debería ser nuestro camino hacia la felicidad; hablamos de decisiones, de elecciones, de aquello que cada uno ha de experimentar. Y estamos aquí, en esta red, olvidando muchas veces que hay otros hermanos, influenciados por nuestras palabras, personas con historias propias que, de alguna forma, también se entrelazan con la nuestra.

Hay quienes creen que me excedo en mis divagaciones. Muchos no saben que solo soy un mecánico en un barrio humilde, en un pequeño país tercermundista, y que seguramente mi retórica no es la mejor.
A veces leo frases, consignas o fetiches motivacionales, pronunciados por profesionales que usan las palabras correctas en el orden correcto: grandes gurús, sabios maestros, en un mundo saturado de información. A ellos se les puede pedir definiciones detalladas sobre el camino del aprendizaje, sobre la fe o sobre el amor.

Podrían incluso describirte cómo es un beso.
Pero por más precisa que sea esa descripción, jamás hará que experimentes lo que es besar con amor verdadero: entregar el corazón en cada bocanada de aire, saborear la dulzura de ser correspondido o el delirio del rechazo, con los ojos cerrados y el alma desnuda.

El amor… ah, el amor.
Vivo enamorado del amor, y aun así sé que solo se lo conoce viviéndolo. No puedo decirte qué se siente despertar junto a la persona amada y ser invadido por la felicidad; volver hacia ella, abrazarla, contemplar su rostro tal como verdaderamente es, sentir su calor, compartirlo todo sin secretos ni máscaras.

Podría citar un soneto, pero eso no te describirá lo que se siente cuando una mujer te mira y te sientes desnudo y vulnerable; cuando te ves reflejado en sus ojos y piensas que Dios ha puesto un ángel en este mundo para hacer tu vida más llevadera, para rescatarte de los pozos del infierno… o cuando tú te conviertes en su ángel y decides amarla para siempre.

Podría hablarte de la guerra, pero solo quien la ha sufrido sabe de qué hablo. En ella se experimenta la humanidad en sus extremos: valentía, entrega, crueldad, odio, compromiso.
Y también hay guerras personales: cáncer, sida, agresión, abuso, desamor, desprecio, olvido.

No puedo hacerte sentir la compasión.
No puedo explicarte qué se siente al perdonar o al ser perdonado.
No puedo describirte el placer profundo de servir a los demás.
No puedo hacerte sentir lo que es sostener en brazos a un niño abandonado, ni lo que es ser abrazado por alguien a quien has hecho sonreír.
No puedo explicarte lo que significa amanecer en un hospital, sosteniendo una mano, mientras los doctores se cansan de recordarte los horarios de visita.

Sabrás lo que es perder a alguien solo cuando te ocurra… y cuando descubras que lo amabas tanto como a ti mismo.

No sé nada de ti, y aun así te llamo amigo, te llamo amiga.
Pero solo puedo ofrecerte mi amistad si pienso en ti como alguien real, que siente y vive al otro lado de mi ordenador.

Y todavía me pregunto si no nos estaremos alejando de la posibilidad de experimentar lo que significa ser humanos…
y, peor aún, de vivir una verdadera experiencia de amor con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Todos Somos UNO

Un amor impetuoso y vasto





 Yo pretendo que haya poesía en mi vida, y aventura, y amor.

No la ilusión aprendida del amor,
sino ese amor verdadero que nace del alma
y es capaz de derrumbar la vida entera.

Un amor impetuoso y vasto,
colosal como el universo mismo,
ingobernable como un viento interior
ante el cual nada se puede,
ya sea que nos despoje o nos eleve.

Yo debo conocer ese amor.
Pero más que conocerlo, habitarlo.
Porque el amor es más que un sentimiento:
es una vibración primera,
la misma que hace danzar los electrones en el átomo
y mantiene a las estrellas en su camino.

Si no recuerdas esa suave locura
en la que el amor te disolvió el ego
y te devolvió a lo esencial,
entonces no has amado.

El amor consuela
como la luz que aparece tras la tormenta.
Es armonía en la aparente contradicción,
la excepción sagrada a toda regla.

Porque no somos nosotros quienes amamos:
es el amor quien nos recuerda quiénes somos.

Que es ser Hombre ?

 


Poco se habla de lo difícil que es ser hombre.

De los privilegios, eso sí, se habla mucho.
Pero casi nadie mira cómo muchos se rompen en silencio.
No porque sean menos sensibles, sino porque aprendieron desde temprano a aguantar.
A seguir.
A no quejarse.
A cumplir.
Muchos se quedan atrás en la escuela, no por falta de inteligencia, sino porque siempre se esperó que sirvieran más con el cuerpo que con la palabra. Que cargaran, que resistieran, que obedecieran. Y así pasan los años.
Si alguien quiere ver esos supuestos privilegios, que se acerque a una mina donde no entra la luz, a un turno nocturno donde el sueño se vuelve parte del trabajo, a un puerto industrial donde el ruido no se detiene.
Que mire a los hombres bajo el sol que quema desde temprano, bajo la lluvia que cala los huesos, subidos en alturas donde un error basta para no volver a casa.
Hombres que sostienen todo sin ser vistos.
Que están siempre, porque si ellos paran, algo se cae.
Imprescindibles, pero invisibles.
Necesarios, pero fácilmente reemplazables.
Cuando se habla de privilegios, casi siempre se mira hacia arriba: millonarios, políticos, directivos. Pero esos no son la mayoría. La vida de unos pocos no explica la vida de millones.
Y no, esto no va de enfrentar hombres y mujeres.
El sistema rompe personas.
Rompe mujeres, rompe hombres, rompe niños, rompe ancianos.
Solo que a muchos hombres se les enseñó a callar el dolor, a no pedir ayuda, a seguir incluso cuando ya no pueden más.
Nombrar esto no es negar otras realidades.
Es ampliar la mirada.
Es recordar que somos humanos antes que cualquier etiqueta.
Y aun así, no todo está perdido.
Nada está escrito para siempre.
Cambiar no empieza en grandes discursos ni en frases bonitas. Empieza en algo mucho más simple: en escucharnos, en permitirnos ser, en crear espacios donde alguien pueda decir “no puedo más” sin sentirse menos.
Empieza cuando dejamos de exigir dureza y empezamos a cultivar humanidad.
Cuando entendemos que ser fuerte también es saber abrir el corazón.
Cuando nos tratamos con más compasión que juicio.
Tal vez no cambiemos el mundo entero.
Pero sí podemos cambiar el mundo que nos rodea.
Y a veces, eso es suficiente para empezar.

La teoría de los tres metros



Conciencia encarnada como forma de habitar el mundo

Introducción

En los últimos años, la conciencia se ha convertido en un tema recurrente: se estudia, se

clasifica, se jerarquiza. La neurociencia, la filosofía, la sociología y la tecnología intentan

comprenderla desde distintos ángulos. Ese esfuerzo responde a algo profundamente

humano: el asombro frente a nuestra propia experiencia.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental que pocas veces se explicita con claridad:

no es lo mismo estudiar la conciencia que vivir conscientemente.

Una cosa es la conciencia como objeto de análisis; otra, muy distinta, es la conciencia

como forma de habitar el mundo. La primera satisface el entendimiento; la segunda

transforma la vida.

Este texto parte de esa distinción.

1. Conciencia: del estudio al modo de vida

La conciencia, entendida solo como campo de estudio, puede convertirse en un discurso

sofisticado que no necesariamente se traduce en presencia, responsabilidad o cuidado. Se

puede saber mucho sobre la conciencia y, aun así, vivir de forma automática, reactiva o

desconectada.

Por eso, más allá de definiciones o escalafones, aquí se propone entender la conciencia

como:

una práctica cotidiana,

una forma de relación,

una ética encarnada en lo inmediato.

La pregunta central deja de ser qué es la conciencia y se vuelve:

¿cómo vivo desde ella?

2. Una analogía legítima (y sus límites)

La idea de los tres metros surgió a partir de una analogía, no de una afirmación científica.

Al observar cómo funciona el cerebro —las neuronas, las sinapsis, los impulsos eléctricos

y los procesos químicos que permiten la comunicación— resulta evidente que ninguna

neurona existe aislada. Cada una cumple su función dentro de una red. La vida emerge de

la relación.

Pensar al ser humano como una “unidad básica de relación” dentro de un sistema mayor

es una analogía útil, siempre que se mantenga clara la frontera entre ciencia y reflexión

ética.

No se trata de afirmar que los seres humanos somos literalmente neuronas, ni que exista

un “campo energético” místico. Se trata de reconocer algo más simple y verificable:

vivimos inmersos en relaciones, y nuestras acciones locales tienen efectos reales.

3. Los tres metros: el espacio que realmente habitamos

Cada persona habita, en cada momento, un espacio inmediato. Un campo cercano donde

su presencia se manifiesta de forma directa. A ese espacio lo llamo los tres metros.

No es una cifra exacta ni simbólica: es una manera concreta de nombrar el entorno que

realmente tocamos.

En esos tres metros:

hablamos,

actuamos,

escuchamos o ignoramos,

cuidamos o dañamos,

humanizamos o deshumanizamos.

Ese es el único lugar donde nuestra conciencia se vuelve verificable.

La teoría de los tres metros se resume en una afirmación simple:

No puedo controlar el mundo,

pero sí soy responsable del espacio que habito.

4. Conciencia sin escalafones

Con frecuencia se habla de niveles o jerarquías de conciencia, como si se tratara de una

escalera ascendente. Este enfoque suele generar comparaciones, identidades rígidas o

incluso nuevas formas de ego.

La conciencia, sin embargo, no funciona como un ascenso lineal. Es un proceso dinámico:

se expande, se contrae, se integra o se fragmenta según cómo vivimos.

Una persona puede ser profundamente consciente en un ámbito y completamente

inconsciente en otro. Por eso, más que clasificar la conciencia, importa encarnarla.

Y esa encarnación ocurre, siempre, en lo inmediato.

5. De lo individual a lo colectivo

La teoría de los tres metros no propone una utopía ni una solución global diseñada desde

arriba. Propone algo más modesto y, por ello, más honesto: la responsabilidad

individual como punto de partida.

La conciencia colectiva no es la suma mecánica de conciencias individuales. Es un

fenómeno emergente. Surge cuando suficientes personas viven con coherencia en el

espacio que habitan.

No por imposición.

No por dogma.

No por ideología.

Sino por resonancia.

Cuando el cuidado, la atención y la responsabilidad se practican de manera cotidiana, el

campo común cambia como consecuencia, no como objetivo impuesto.

6. Una semilla, no una receta

La teoría de los tres metros no es un manual de conducta ni una moral cerrada. No dice

qué pensar ni cómo vivir. Ofrece un punto de partida:

Habitar conscientemente el espacio que tocamos.

No promete perfección.

No promete iluminación.

No promete respuestas finales.

Solo propone algo profundamente humano: no delegar nuestra responsabilidad en

abstracciones y reconocer que el mundo comienza donde estamos.

Si cada persona cuidara sus tres metros —con honestidad, apertura y respeto—, no se

construiría un mundo perfecto, pero sí uno más habitable.

Y quizá eso sea suficiente.

sábado, 24 de enero de 2026

📜 Carta abierta: No perdamos nuestra esencia

 



En estos tiempos de incertidumbre, confusión y tensiones crecientes,
quiero recordar algo sencillo, pero profundamente importante:

Antes que militantes, ideologías o banderas, somos seres humanos.
Somos vecinos, amigos, familias, compañeros de camino en este breve viaje que es la vida.

La política —como toda construcción humana— es imperfecta.
Pasa, cambia, se desgasta y se transforma.
Pero nuestras relaciones, nuestros afectos, nuestra capacidad de amar, comprender y respetar…
eso sí es sagrado.

No dejemos que el ruido de la confrontación nos robe lo más valioso que tenemos:
nuestra humanidad.

Hoy más que nunca necesitamos recordarnos que somos gente de paz.
Amantes de la vida.
De la no violencia.
De la palabra que construye y no del grito que destruye.

No todo desacuerdo es un enemigo.
No toda diferencia es una amenaza.
No toda opinión contraria es una agresión.

Podemos pensar distinto sin dejar de respetarnos.
Podemos debatir sin deshumanizarnos.
Podemos defender ideas sin romper vínculos.

En momentos como estos, cuando el mundo parece fragmentarse,
nuestra responsabilidad no es alimentar el fuego, sino sostener la llama de la unidad.

Cuidemos nuestras palabras.
Cuidemos nuestros gestos.
Cuidemos nuestros corazones.

Que no sea la rabia la que nos guíe.
Que no sea el miedo el que decida por nosotros.
Que no sea el odio el que marque el rumbo.

Seamos faros, no antorchas.
Puentes, no muros.
Manos tendidas, no puños cerrados.

Porque al final del día,
cuando todo esto pase —como siempre pasa—
lo único que quedará será cómo nos tratamos unos a otros
mientras el mundo temblaba.

Hoy, más que nunca:
no perdamos nuestra esencia.
No perdamos nuestra ternura.
No perdamos nuestra unidad.

Sigamos siendo lo que siempre hemos sido:
gente de paz,
amantes de la vida,
y guardianes del amor en tiempos difíciles.

Con esperanza y con corazón,

Ulises Alvarado
Ciudadano de la Tierra
“Todos somos uno”

domingo, 20 de abril de 2025

🌑🌟 Trinchera del alma

 






Cada mañana, el dolor me despierta
y me arrodillo ante la vida.
No para suplicar,
sino para agradecer y decir:
"Aquí estoy. Otra vez. Todavía".
Mi cuerpo grita,
pero mi espíritu no se rinde.
Me levanto con la conciencia
de que este mundo no es mío,
y sin embargo,
yo le pertenezco.
A veces me siento viejo, cansado,
como si mi alma ya hubiera dado todo.
Pero hay tanto por hacer,
tantos corazones aún dormidos,
tantos silencios que necesitan
una voz que no grite, sino susurre…
Y yo soy ese susurro.
No soy sabio, ni santo.
Soy un aprendiz del amor,
un loco sin disfraz,
un tonto que se abraza a la esperanza
como quien abraza a un hijo perdido
que aún no ha regresado.
Veo mis sombras.
Las he nombrado.
Las he amado.
No porque me gusten,
sino porque son mías,
y me recuerdan que estoy vivo.
Amo mis luces también,
aunque a veces me cieguen.
Sé que no soy perfecto,
pero cada día,
me esfuerzo por ser más humano
y menos orgulloso.
La ansiedad… los sueños no cumplidos…
la crueldad que me atraviesa como cuchillo…
todo eso me ha enseñado a sentir
lo que otros callan.
Y aunque la fe a veces tiemble,
aunque la duda me muerda por dentro,
aunque el silencio sea mi único interlocutor,
yo sigo.
Porque algo más grande que yo
me sostiene.
La Fuente…
el Misterio…
la Vida misma.
Y si este es mi papel:
vivir como un forastero en su propia tierra,
entonces lo viviré con dignidad.
Como un faro.
Como un poema.
Como un fuego que no se apaga
aunque lo azote el viento.

🕯️ Dos ventanas a la eternidad: una muerte y un amor

 







Hay libros que uno lee… y otros que lo despiertan .
La muerte de Iván Ilich me tocó como un eco profundo que me decía:
“¿Estás viviendo de verdad, o solo estás pasando el tiempo?”
Porque Iván fue un hombre como tantos: correcto, exitoso, socialmente aceptado…
Y sin embargo, cuando la muerte le tocó el hombro, se dio cuenta de que nunca había vivido de verdad .
No conocía el amor auténtico, no había escuchado su alma, no se había fundido con el milagro de existir.
Ese libro, en su crudeza, me hizo reafirmar algo que le digo a todo aquel que me escucha:
No espera al final para despertar. No esperes que el dolor te arranque la venda.
Viví ahora. Viví con conciencia.
Viví una vida viva, no una existencia decorada.
Viví siendo uno con el amor.
Porque nada de los demás —ni el poder, ni el dinero, ni los aplausos— te va a abrazar en tu lecho de muerte.
Y luego está ese otro faro humilde:
Donde hay amor, está Dios.
Un zapatero, una calle, una taza de té, un mendigo...
Y ahí, en medio de la sencillez, la Voz que no hace ruido le dice al corazón:
"Yo estuve contigo en cada uno de ellos. En cada acto de amor".
Desde entonces lo tengo claro:
Dios no es un dogma, ni una figura lejana.
Dios es cada uno de nosotros cuando amamos.
Dios es ese instante de compasión, ese gesto silencioso, esa renuncia por el bien del otro.
Cada acto de amor es una aparición divina.
No hace falta verlo con los ojos. Basta sentirlo.
Por eso vivo como vivo. Por eso no firmo mis textos, por eso no cobro por lo que el corazón me dicta.
Porque no soy yo : es la Fuente la que fluye.
Yo solo soy un lápiz que escribe lo que el amor le susurra.
Y si alguna vez me preguntan qué aprendí de Tolstói, diré esto:
“Me enseñó que la muerte puede despertar la vida, y que donde hay amor, allí está Dios… y allí estoy yo, y estás vos, y estamos todos”.

Cuando uno escribe desde la experiencia

 







Allá fuera, bajo la luna gris, alguien que me quiere está pensando en mí. Allá fuera, alguien intentará que nos encontremos... allá fuera, en algún lugar.

Aunque sé que estamos lejos, reconforta pensar que la misma estrella nos alumbra a los dos. Y cuando el viento de la noche cante con su suave susurro, bajo este mismo cielo dormiremos tú y yo. Allá fuera, el amor nos unirá, y estaremos siempre, juntos siempre, en los sueños… tú y yo.
Cuando uno escribe desde la experiencia, desde aquello que ha vivido y sentido en carne propia, las ideas fluyen como si simplemente se contaran. Con el tiempo y un poco de sabiduría, uno logra comprender y hasta dominar ciertos aspectos de la vida. Después de doce lustros en este planeta, he llegado a una conclusión inquietante: a la humanidad le está costando evolucionar como especie.
Seguimos en guerra, dominados por el ego, incapaces de vivir en armonía con el cosmos. Unos pocos siguen controlando a las mayorías, y paradójicamente, le tememos a la libertad. Nos queda aún mucho camino por andar.
Entre las cosas que siguen consumiendo nuestra energía, están las relaciones humanas, y en especial, las de pareja. En esta era posmoderna, la gente sabe más de sexo que de amor. El amor se ha vuelto un misterio para la mayoría. Esa palabra, "Amor", ha sido manoseada, desfigurada, usada por el mundo como casi todo lo verdadero.
Como dijo la Madre Teresa: “El mundo está más necesitado de amor que de cualquier otra cosa.” Y así lo creo también. La gran mayoría no tiene una idea clara de lo que es el amor. Algunos piensan que es un valor, otros que es un sentimiento. Pero aunque fuimos hechos a imagen y semejanza del Amor, casi desde el nacimiento este mundo nos disuelve su verdadero significado.
En las películas, el amor se representa con grandes gestos: declaraciones en público, anillos en estadios, fuegos artificiales. Pero tal vez el amor esté en los momentos en que nadie nos ve, cuando elegimos quedarnos, cuidar, esperar o simplemente acompañar.
Todo en el universo existe por la ley de dar y recibir. Por eso, si no me amo a mí mismo, no puedo amar verdaderamente a los demás ni a la creación. No se puede dar lo que no se tiene. Algunos creen que el amor es complicado, pero en realidad es sencillo. Lo difícil es ser sencillo. Nuestro ego nos domina. Es el ego quien impide que conectemos con el amor en su totalidad. Incluso nos hace dudar de su existencia.
Sin embargo, el amor es lo que nos da vida. Estamos vivos en la medida en que amamos. Cuando amamos, las cosas simples se magnifican. Cuando amamos, nuestro cuerpo produce sustancias que nos hacen más fuertes, inmunes a muchas enfermedades. Las dificultades se vuelven pequeñas.
Más que decirle a alguien qué es el amor, deberíamos preguntarle qué significa para él o ella. Porque cada ser humano lo experimenta de forma distinta. Por eso, solo podemos hablar de dimensiones del amor.
Nos han enseñado a buscar cuentos de hadas: el príncipe, el castillo, el vestido blanco. Pero el amor verdadero ofrece mucho más que eso. El amor es suave, delicado. No es violento, no es cruel. El amor es el camino… y más aún: el amor es la energía que nos hace ser.
En mi experiencia, el amor es la fuerza que me ha hecho mejor ser humano. No se trata de apegos o expectativas. Trato, siempre que puedo, de poner en la balanza mis decisiones: ¿esto lo elijo desde el ego o desde el amor?
Y en cuanto a dar y recibir, esa acción debe ser recíproca, al mismo nivel, con la misma intensidad. Por eso, donde no puedas amar, no te quedes. No desperdicies tu tiempo ni tu energía en el no-amor.
Cualquier hombre que tenga el valor de entregar su alma por amor, tiene también la fuerza para cambiar el mundo.
Amarse a uno mismo es el inicio de un amor que puede durar toda la vida. Y estoy seguro de que, si te decides a caminar contigo, descubrirás tanta belleza en ti que tendrás amor suficiente para compartirlo con todos a tu alrededor.

Jesús, mi maestro humano







Una meditación de Semana Santa

En mi infancia, la Semana Santa tenía un ritmo distinto. El mundo parecía detenerse. No se trabajaba, no se corría. Era una pausa, un suspiro sagrado. Me quedé en casa con mi madre, viendo películas sobre Jesús, escuchando historias, hablando del perdón, de la bondad, de lo que realmente importa. A veces íbamos al río. A veces simplemente estábamos. Y en ese estar, sentí algo grande.

Recuerdo las lágrimas que aún hoy me inundan cuando veo a ese Jesús de los filmes: caminando entre los pobres, extendiendo sus brazos, desafiando la hipocresía con ternura y con carácter. Nunca lo vi como una divinidad inalcanzable. Para mí, siempre fue humano. Profundamente humano. Un rebelde del amor en un mundo hostil. Un hombre que se enoja y se ríe, que sufre, pero que sabe quién es y para qué está aquí. Un hombre feliz, con propósito. Un maestro de verdad.

Muchos creen que ese Jesús está fuera de su alcance. Yo creo lo contrario. Está dentro. En cada acto de compasión, en cada momento en que decidimos perdonar, ayudar, mirar al otro sin juicio. No hace falta templo ni dogma. Solo un corazón dispuesto.

Mi nombre es Ulises Jesús. El primero, me lo dio mi madre por la Ilíada. Del segundo nunca me dijo el porqué. Pero tal vez no hacía falta. Tal vez ella lo supo antes que yo: que el viaje y el amor formarían el mapa de mi vida.

🎨 El Arte: Reflejo del Alma y Camino de Elevación

 








Por Ulises Jesús – Día Mundial del Arte

Mi concepto del arte es simple y profundo a la vez: el arte es la belleza que habita en nosotros y que, al no poder ser contenido, se manifiesta en Múltiples formas . Es una expresión de lo más íntimo del ser. Por eso, cada acto artístico auténtico es, en esencia, un acto de desnudez del alma, una forma de mostrarnos tal cual somos: sensibles, imperfectos, humanos.

Hoy, los medios electrónicos han democratizado la creación y la difusión. Millones tienen acceso a compartir su creatividad, lo cual es valioso. Pero también hemos caído en una sobreabundancia de contenido superficial, muchas veces vaciado de sentido, impulsado por intereses comerciales y egocéntricos.

Géneros como el reguetón, las narco-novelas o el cine comercial de fórmula rápida, si bien reflejan realidades culturales y merecen ser comprendidos en su contexto, no siempre representan lo mejor de nuestra humanidad. Apuntan más a la gratificación inmediata que a la reflexión profunda o al crecimiento espiritual.

Vivimos una época de intercambio cultural sin precedentes, pero cuando los valores económicos dominan, se prioriza lo vendible por encima de lo valioso. Se empujan al olvido tradiciones locales, se diluye el arte verdadero, y en su lugar florece un entretenimiento que perpetúa modelos mentales que poco tienen que ver con la dignidad, la compasión o la belleza.

El arte, en su forma más pura, debería conectarnos con nuestras verdades internas , sirviendo como puente hacia nuestros anhelos más elevados. Por eso, necesitamos rescatar su esencia. Urge promover un diálogo más profundo sobre lo que creamos y consumimos. Necesitamos plataformas que valoren el arte que impulsa la conciencia, la reflexión y la belleza interior.

Desarrollar un público crítico y selectivo es clave. Cuando el espectador busca obras que lo desafíen y lo enriquecen, el artista se ve impulsado a ir más allá de lo fácil, más allá de lo inmediato. Se crea así un círculo virtuoso : un público educado eleva el arte, y el arte eleva a ese público.

Para lograrlo, necesitamos educación artística en las escuelas, espacios de debate, crítica constructiva y acceso real a diversas formas de expresión cultural. Solo así el arte puede florecer como vehículo de transformación personal y social .

Al final, cuando artista y público se encuentran en ese espacio de respeto, exigencia y autenticidad, el arte alcanza su mayor potencia: se convierte en alimento del alma y en impulso para un mundo más pleno y consciente. 

La Vida

  Algunos tenemos la tendencia a hablar de la vida como si fuera una experiencia ajena a nosotros. Pero la vida es lo que nos ocurre a cada ...