Sueños… imágenes caprichosas que mezclan nuestros recuerdos, que alborotan la memoria durante noches y noches, horas y horas.
Están ahí, cada noche, dentro de nuestra cabeza. Nadie puede verlos excepto uno mismo, porque son propios… íntimos.
Y sin embargo, no los controlamos.
Parecen tener vida propia. Se alimentan de nosotros… pero no nos pertenecen del todo.
En los sueños todo es posible: volar, amar lo que odiamos, vivir lo que nunca hemos vivido, morir y volver a nacer.
De ellos podemos aprender… o simplemente olvidarlos.
Pero hay algo que he comprendido:
no debemos depender de los sueños.
Porque no respetan la razón ni el sentido.
A veces he pensado que cada vez que me duermo es como si muriera…
y al despertar, volviera a nacer.
Pienso en la muerte más de lo que muchos imaginarían.
No me asusta dejar este cuerpo…
me inquieta la posibilidad de que no exista nada después.
Es en esos momentos donde mis creencias se ponen a prueba.
Y ahí, sin mucha teoría, hago lo único que sé hacer:
volver al amor.
Porque es en el amor donde todo, de alguna forma, encuentra sentido.
Cuando uno percibe el absurdo, el sinsentido de la vida…
también empieza a intuir que no hay metas tan claras como nos dijeron,
que no hay progreso lineal como nos enseñaron.
Se comprende —aunque no siempre se quiera aceptar—
que la vida nace con la muerte adosada.
Que no son eventos separados…
sino realidades simultáneas, inseparables.
Y aun así, seguimos.
Tal vez porque, en el fondo, entendemos que la vida es tan frágil, tan pasajera…
que no tiene sentido vivirla como una tragedia.
Morimos desde que nacemos.
Y tal vez… solo teme a la muerte quien aún no ha vivido de verdad.
A veces siento que no vinimos necesariamente a ser felices como nos dijeron.
Quizás la felicidad es solo una idea que nos impulsa a seguir.
Pero la gratitud…
la gratitud es otra cosa.
Ser agradecido no siempre es estar alegre.
Es estar en paz con lo que hay…
y también con lo que no hay.
Es reconocer las pequeñas victorias,
y admirar la lucha silenciosa que implica seguir viviendo.
A veces, el simple hecho de no derrumbarnos…
ya es motivo suficiente para celebrar.
Podríamos quedarnos en la angustia, en el dolor, en la desesperanza…
pero entonces, ¿qué pasaría con esos momentos en los que nos hemos sentido vivos?
Porque todos hemos tenido instantes así.
Momentos en los que compartimos con alguien,
en los que nos sentimos parte de algo,
en los que fuimos, aunque fuera por un instante,
dueños de nuestro destino.
Nos cruzamos en la vida de otros…
y en ese cruce, algo siempre queda:
nos llevamos un poco de ellos,
y dejamos un poco de nosotros.
No extraño lugares…
extraño momentos.
Extraño un barrio, una risa, una conversación, una mirada.
Extraño a quienes caminaron conmigo.
Nunca he sentido que pertenezca a un país.
Siempre he sentido que pertenezco a la Tierra…
y a las personas que han tocado mi vida.
Podemos extrañar profundamente a alguien que ya no está,
a ese hermano, a ese amigo,
a quien pudimos contarle lo más íntimo sin miedo a ser juzgados.
Ese vacío… es real.
La vida es confusa, a veces caótica.
Todos cargamos algo.
No tengo todas las respuestas…
pero sí he aprendido algo:
cuando uno saca lo que lleva dentro, algo se alivia.
A veces pensamos que tememos a la muerte…
pero en el fondo, muchas veces lo que tememos es a la vida:
a vivirla plenamente,
a sentirla sin filtros,
a mostrarnos como somos.
Me gusta pensar que nuestra vida nos pertenece.
Que podemos cambiarla… incluso con una sola decisión.
La vida es fugaz.
Como la arena entre las manos…
solo podemos sostener una parte.
Y al final, vivir es también aprender a soltar.
Pero hay algo que duele profundamente:
no tomarse el tiempo para decir adiós.
Mientras escribo esto…
siento como si el corazón quisiera salirse del pecho.
Y pienso…
tal vez así es como deberíamos sentir la vida.
Es demasiado corta para no perdonar.
Demasiado valiosa para juzgar.
Demasiado frágil para no amar.
Cuando era joven pensaba que esta realidad, dura y confusa, era todo lo que había.
Hoy… no estoy tan seguro.
Porque he visto miradas, he sentido momentos,
he vivido cosas que no puedo explicar del todo…
y que me hacen pensar que hay algo más.
La nostalgia no es mala.
Significa que hemos vivido cosas buenas.
Sería triste no tener nada que recordar,
nada que extrañar.
Ese primer beso…
la luz en la mirada de tu madre…
ese momento en el que hiciste algo que te llenó por completo.
Eso… eso es vida.
A veces me enredo en lo que escribo…
pero si soy honesto…
la muerte de mi hermano me recordó algo que nunca debería olvidar:
la vida es lo que hacemos con ella.
Es cómo miramos el mundo.
Cómo nos miramos a nosotros mismos.
Y cuánto dejamos en los demás en nuestro paso por aquí.
Porque, al final…
eso es lo que queda.







