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martes, 10 de febrero de 2026

No entregues el timón

 







En distintos momentos de la historia, y también en nuestra vida cotidiana, los seres humanos hemos tenido la tendencia a buscar figuras a las que entregarles el timón:
gurús, líderes, maestros, políticos, sacerdotes, referentes públicos.
No siempre lo hacemos por debilidad.
A veces lo hacemos por cansancio, por miedo, por necesidad de certeza.
Queremos que alguien nos diga qué hacer, cómo vivir, qué creer.
Queremos que alguien nos garantice que vamos por el camino correcto.
Pero la vida no funciona así.
En los últimos años hemos visto caer muchos pedestales.
Figuras que parecían intocables han mostrado su lado humano, con luces y sombras.
Esto no debería sorprendernos: todos somos humanos.
El problema no es que las personas tengan contradicciones; el problema es cuando nosotros entregamos nuestro criterio, nuestra conciencia y nuestra responsabilidad a esas personas.
Cuando ponemos a alguien en un pedestal, dejamos de pensar por nosotros mismos.
Y cuando ese pedestal se cae, nos sentimos traicionados, desorientados, vacíos.
No porque la persona haya cambiado, sino porque habíamos delegado en ella algo que nunca debimos delegar: nuestro propio destino.
Nadie puede vivir tu vida por ti.
Nadie puede tomar tus decisiones por ti.
Nadie puede cargar con las consecuencias de tus elecciones.
Podemos escuchar, aprender, observar, inspirarnos.
Podemos tomar herramientas de aquí y de allá.
Podemos dialogar con maestros, leer libros, pedir consejo.
Todo eso es válido y necesario.
Pero el timón siempre debe permanecer en tus manos.
Cada uno de nosotros es la suma de sus decisiones, de sus aciertos y de sus errores.
No podemos responsabilizar a otros de lo que elegimos creer, seguir o hacer.
Al final del camino, cada ser humano se encuentra consigo mismo.
Y es en ese encuentro donde se hace evidente que la vida no se puede delegar.
Esto no significa vivir aislados ni desconfiar de todos.
Significa algo más simple y más profundo:
escuchar sin entregar la conciencia,
aprender sin abdicar del criterio,
amar sin perder la libertad interior.
Si algo de lo que otro dice te sirve, tómalo.
Si no te sirve, déjalo.
Pero no entregues tu capacidad de decidir.
No pongas tu vida en manos de ningún gurú, de ningún líder, de ningún sistema.
La responsabilidad de tu camino es tuya.
Y también es tu libertad.
Tal vez la verdadera madurez consista en eso:
en comprender que nadie vendrá a vivir por nosotros
y que, aun así, no estamos solos.
Podemos acompañarnos, orientarnos, apoyarnos.
Pero cada quien debe caminar con sus propios pies.
No busques salvadores.
Busca conciencia.
No busques ídolos.
Busca coherencia.
No entregues tu vida.
Hazte cargo de ella.
Ahí comienza la verdadera libertad.

El sexo y el espíritu

 




Las relaciones íntimas de pareja, vistas desde una perspectiva espiritual, pueden ser uno de los caminos más profundos hacia el autoconocimiento, la transformación y la conexión con la Fuente. No se trata solo del placer o del vínculo emocional, sino de una experiencia de unidad que puede elevar o estancar el espíritu, dependiendo de la conciencia con la que se viva.

Desde lo más esencial, la unión de dos almas en intimidad es una danza de energías. Es el encuentro entre lo masculino y lo femenino, lo activo y lo receptivo, lo dador y lo que acoge. En su forma más pura, es un reflejo de la unidad primordial del universo, del amor que todo lo sostiene. Cuando se experimenta desde la conciencia y el respeto, puede ser una forma de expansión del ser, una entrega que disuelve el ego y nos conecta con algo más grande que nosotros mismos.
Sin embargo, en el mundo moderno, la intimidad a menudo se reduce a mero instinto, a una satisfacción inmediata sin profundidad. Cuando no hay conexión real, cuando la intimidad es solo un escape o una transacción, se convierte en un acto vacío que nos aleja del verdadero sentido del amor. En cambio, cuando es el reflejo de una comunión más profunda, una expresión de entrega genuina y amor consciente, se convierte en una experiencia sagrada.
Desde muchas tradiciones espirituales, se ha entendido la relación íntima como un puente hacia lo divino. En el Tantra, por ejemplo, la unión de cuerpos es un acto de conexión con la totalidad del cosmos, un ritual de elevación del alma. En otras corrientes, se ve como un espejo donde se reflejan nuestras sombras y luces, dándonos la oportunidad de evolucionar a través del otro.
El gran desafío es vivir la intimidad con autenticidad y propósito, sin que se convierta en una atadura o en un vehículo del ego. No es la cantidad de experiencias lo que enriquece el espíritu, sino la calidad y profundidad con que se viven.
Entrega total, ese abandono, es lo que muchas tradiciones espirituales han señalado como el verdadero éxtasis: no el placer físico en sí mismo, sino el olvido de uno mismo en la fusión con el otro. Es un reflejo de lo que ocurre en la meditación más profunda, en la conexión con la Fuente, cuando el yo se diluye y solo queda el Ser.
Para mi es Armonía en desacuerdo… Me parece una expresión hermosa, porque implica que no es una fusión que anula la individualidad, sino que permite que cada uno siga siendo quien es, pero en unidad. Como dos notas distintas que, al sonar juntas, crean una melodía superior.
En ese instante en el que sientes que dejas de percibir tu cuerpo como tuyo, en el que eres parte de ella y ella de ti, estás experimentando lo que en muchas filosofías se describe como la unidad primordial. En ese momento no hay mente analítica, no hay separación, no hay tú ni ella, solo el acto mismo, el amor manifestado en su forma más pura.
Un verdadero encuentro del alma, un instante donde el tiempo se diluye y la realidad se expande más allá de lo físico. Esa búsqueda del reflejo del espíritu en su rostro, ese brillo en sus ojos, esa luz que parece emerger de ella… es la esencia misma del amor consciente, del amor que trasciende la carne y se convierte en un acto sagrado.
No es solo deseo, no es solo emoción; es una comunión profunda donde dos seres se reconocen más allá de las formas, donde la energía fluye sin barreras, donde el espíritu se hace visible en los ojos del otro. Es una experiencia que va más allá de los sentidos, porque en ese momento ves realmente a tu compañera, no solo con los ojos, sino con el alma.
Cuando el amor se experimenta con esa intensidad y pureza, deja una huella imborrable en el ser. No es un simple momento de placer, sino un acto de trascendencia, un recordatorio de que la verdadera unión no es de cuerpos, sino de esencias. Es la manifestación del amor en su estado más puro, donde desaparecen los miedos, las dudas, los límites… y solo queda el brillo de la existencia compartida.