SMOOTH JAZZ & SOUL

jueves, 5 de febrero de 2026

El automóvil del alma

 







Carácter: motor, dirección y frenos
A lo largo de la vida he llegado a una conclusión sencilla:
una persona de carácter es aquella que integra emoción, intelecto y voluntad.
Tres pilares.
Tres piezas fundamentales.
Como un automóvil.
El carácter es, en cierto modo, el vehículo con el que transitamos la vida.
Y como todo vehículo, necesita tres sistemas básicos para funcionar:
Motor: el corazón, la emoción, la sensibilidad.
Dirección: el intelecto, no como acumulación de conocimientos, sino como discernimiento.
Frenos: la voluntad, el dominio propio, la capacidad de detenerse y elegir.
Un automóvil con mucho motor pero sin dirección se estrella.
Uno con dirección pero sin frenos es peligroso.
Uno con frenos pero sin motor no avanza.
Uno sin corazón ni rumbo está perdido.
Así también el ser humano.
Hoy vivimos en una época que ha exaltado los sentimientos.
Se nos invita a sentirlo todo, a amplificarlo todo, a reaccionar a todo.
Pero rara vez se nos enseña a conducir lo que sentimos.
No estoy en contra de los sentimientos.
Al contrario: he sido siempre un hombre sensible.
Hay cosas que me conmueven hasta las lágrimas.
Hay injusticias que me duelen profundamente.
Hay historias que me atraviesan el alma.
Pero también he aprendido algo esencial:
los sentimientos son pasajeros.
Si uno deja que ellos tomen el volante, la vida se vuelve errática.
Una montaña rusa emocional.
Un camino sinuoso sin destino claro.
Sentir es humano.
Ser gobernado por lo que se siente en cada momento… es vivir a la deriva.
El carácter aparece cuando el corazón siente,
pero la dirección decide
y la voluntad sostiene.
A lo largo de mi vida he visto muchas veces la diferencia entre la emoción que se queda en el gesto… y la emoción que se convierte en acción.
Cuando fui joven y milité en movimientos sociales, no lo hice por frialdad, sino por sensibilidad ante la injusticia.
Cuando trabajé con niños con discapacidad, nunca me bastó con escuchar el “pobrecitos”.
No eran “pobrecitos”.
Eran seres humanos con derecho a una vida digna.
Sentir lástima no mejora la vida de nadie.
Actuar con carácter, sí.
Como mecánico, he escuchado historias de personas que llegan con el coche averiado y el alma también.
A veces no les he cobrado.
A veces solo he escuchado.
A veces he intentado aportar una pequeña luz.
No por sentimentalismo momentáneo,
sino porque el carácter convierte la emoción en algo duradero.
La sociedad actual corre el riesgo de quedarse en la emoción superficial:
ver, conmoverse, reaccionar… y seguir de largo.
Un ciclo de estímulos y lágrimas que no se transforma en compromiso.
Pero el carácter pide un paso más.
Pide preguntarse:
¿qué puedo hacer con lo que siento?
¿cómo convierto esta emoción en algo que permanezca?
¿cómo paso del impulso al acto consciente?
El carácter no anula la sensibilidad.
La ordena.
La orienta.
La convierte en fuerza constructiva.
El corazón es el motor.
La mente clara es la dirección.
La voluntad es el freno que permite elegir el rumbo.
Y solo cuando los tres trabajan juntos,
el automóvil del alma puede avanzar con sentido.
Cada ser humano es, en última instancia, el conductor de su propio vehículo.
No elegimos todas las carreteras.
No controlamos el clima.
Pero sí podemos desarrollar el carácter con el que conducimos.
Porque tener destino en la vida no es cuestión de suerte.
Es cuestión de carácter

*La soledad del camino consciente y el no pertenecer como acto de fidelidad**

 




Hay un tipo de soledad que no nace del abandono,
sino del despertar.
No es la soledad de quien ha sido rechazado,
sino la de quien ya no puede fingir pertenecer
a lugares interiores que ha superado.
Cuando la conciencia se ensancha,
no hace ruido.
No levanta banderas.
No busca adeptos.
Simplemente avanza.
Y en ese avance silencioso,
uno empieza a notar algo inquietante:
ya no calza del todo.
No porque el mundo esté equivocado,
ni porque uno sea distinto en esencia,
sino porque el paso interior
ya no coincide con el paso colectivo.
El camino consciente no separa por orgullo,
separa por coherencia.
Uno sigue amando a la gente,
sintiendo las mismas emociones,
riendo, llorando, equivocándose.
Pero algo cambia en el fondo:
ya no se puede delegar la responsabilidad
en la suerte, en los rituales, en los dogmas,
ni en explicaciones mágicas que alivian,
pero no transforman.
Y ahí aparece la soledad.
No como castigo,
sino como consecuencia natural
de hacerse cargo.
Porque la conciencia pide presencia.
Y la presencia incomoda.
Incomoda a los relatos heredados,
a las certezas fáciles,
a las pertenencias basadas en repetir
y no en comprender.
No pertenecer, en este punto,
no es rebeldía.
Es fidelidad.
Fidelidad a lo que uno ve,
a lo que uno siente como verdadero,
a ese lugar interior donde ya no caben
ni el miedo disfrazado de fe
ni la comodidad disfrazada de tradición.
El que camina conscientemente
no se siente superior.
Al contrario:
se siente más responsable.
Sabe que no puede salvar a nadie,
ni convencer a nadie,
ni empujar procesos que tienen su propio ritmo.
Aprende entonces a habitar el silencio,
a caminar sin aplausos,
a aceptar que habrá pocos espejos
y muchas preguntas.
Esa soledad, cuando se acepta,
deja de doler.
Se vuelve espacio.
Se vuelve hondura.
Ya no es vacío,
es raíz.
Y desde ahí,
sin necesidad de pertenecer a nada,
uno empieza a pertenecer de verdad:
a sí mismo,
a la vida,
al misterio compartido
de estar aquí.
No pertenecer, entonces,
no es perder algo.
Es haber elegido no traicionarse.
Y eso, aunque a veces pese,
es una forma profunda de paz.

El mal como ausencia de amor: una ética de la responsabilidad

 



Desde hace años he llegado a una convicción que suele incomodar:
el bien y el mal no existen como entidades opuestas y equivalentes.
No son dos fuerzas enfrentadas en un tablero cósmico.

Para mí, solo existe el amor y su ausencia.

Aquello que llamamos bien es todo lo que brota del amor:
la justicia, la compasión, la dignidad, la paz, el equilibrio, el carácter.
Aquello que llamamos mal no es una sustancia ni una esencia,
sino un vacío, una desconexión, una ausencia de amor.

Esta visión no busca justificar el daño.
Busca comprender su raíz.

Porque el daño es real.
Las heridas existen.
El sufrimiento no es una abstracción.

Pero comprender el origen del daño no lo anula:
lo vuelve más profundamente responsable.

Comprender no es excusar

Existe una confusión frecuente:
creer que comprender a quien daña equivale a absolverlo.

No es así.

Comprender es ampliar la mirada sin renunciar a la responsabilidad.
Es mirar tanto a quien ha sido dañado
como a quien ha causado el daño,
sin perder de vista el contexto, la historia y las condiciones que moldean al ser humano.

Cuando alguien actúa desde la violencia, la indiferencia o la crueldad,
rara vez lo hace desde la plenitud.
Casi siempre lo hace desde la carencia,
desde una historia marcada por la ausencia de amor.

Esto no elimina la responsabilidad personal.
La sitúa en un marco más amplio.

El ser humano es libre,
pero no es ahistórico.
Decide,
pero decide desde un suelo que no siempre eligió.

Justicia, castigo y venganza

La mayoría de los sistemas humanos confunden justicia con venganza.
Cuando alguien daña, la respuesta suele ser infligir un daño proporcional.
Se busca equilibrar el mal con más mal.

Pero el daño no se repara replicándolo.

Quitarle tiempo de vida a alguien que robó
no devuelve lo robado.
Encerrar sin transformar
no restaura lo quebrado.

Por eso pienso que muchas cárceles no corrigen:
reproducen la ausencia de amor
y la institucionalizan.

Esto no significa que todo deba ser permitido.
Hay conductas que deben ser contenidas.
Hay personas que no pueden permanecer libres sin causar daño.

Pero contener no es vengarse.
Proteger no es odiar.
Poner límites no es negar la dignidad del otro.

Los límites verdaderos se ponen por amor,
no por castigo.

Amor, carácter y elección

El amor del que hablo no es sentimentalismo.
El sentimentalismo es emoción sin dirección,
sensibilidad sin carácter,
sentir sin actuar.

El amor auténtico es exigente.
Educa.
Orienta.
Responsabiliza.

Por amor a la vida se construye carácter.
Por amor a uno mismo y a los demás se elige no dañar.
Por amor se asumen las consecuencias de los propios actos.

He visto demasiadas lágrimas que no transforman nada
y demasiada indignación que no se convierte en compromiso.

Sentir no basta.
Actuar con conciencia es indispensable.

Responsabilidad personal en un mundo injusto

Reconocer los condicionamientos sociales no implica negar la libertad.
El contexto influye, pero no determina de forma absoluta.

Yo crecí en un entorno difícil.
Pude haber tomado otros caminos.
No lo hice.

No porque el sistema me educara para ello,
sino porque elegí construir carácter.

Esa elección es posible, aunque no sea fácil.
Y por eso la responsabilidad personal sigue siendo central.

Dios, amor y castigo

Desde esta perspectiva, una idea de Dios como ente vengativo resulta incoherente.
Si la Fuente es amor,
no puede actuar desde el resentimiento ni el castigo eterno.

El infierno, más que un castigo impuesto,
podría entenderse como la experiencia de la desconexión del amor.
No como condena divina,
sino como consecuencia existencial.

El amor no castiga.
El amor educa.
El amor busca restaurar.

Una ética de la conciencia

No se trata de negar el daño.
Se trata de no multiplicarlo.

No se trata de ingenuidad.
Se trata de madurez.

Una ética basada en el amor no es débil.
Es profundamente responsable.
Porque exige conciencia, carácter y elección constante.

El mal no es una fuerza que se combate.
Es una ausencia que se revela.

Y cada acto realizado sin amor
no solo hiere al otro,
sino que nos hiere a nosotros mismos,
alejándonos de aquello que nos hace verdaderamente humanos.

domingo, 25 de enero de 2026

La Vida




 Algunos tenemos la tendencia a hablar de la vida como si fuera una experiencia ajena a nosotros.

Pero la vida es lo que nos ocurre a cada momento: en cada aliento, en cada respiro, en cada palpitar del corazón.

Muchos teorizamos sobre valores y principios, sobre cómo alcanzar la plenitud, sobre cuál debería ser nuestro camino hacia la felicidad; hablamos de decisiones, de elecciones, de aquello que cada uno ha de experimentar. Y estamos aquí, en esta red, olvidando muchas veces que hay otros hermanos, influenciados por nuestras palabras, personas con historias propias que, de alguna forma, también se entrelazan con la nuestra.

Hay quienes creen que me excedo en mis divagaciones. Muchos no saben que solo soy un mecánico en un barrio humilde, en un pequeño país tercermundista, y que seguramente mi retórica no es la mejor.
A veces leo frases, consignas o fetiches motivacionales, pronunciados por profesionales que usan las palabras correctas en el orden correcto: grandes gurús, sabios maestros, en un mundo saturado de información. A ellos se les puede pedir definiciones detalladas sobre el camino del aprendizaje, sobre la fe o sobre el amor.

Podrían incluso describirte cómo es un beso.
Pero por más precisa que sea esa descripción, jamás hará que experimentes lo que es besar con amor verdadero: entregar el corazón en cada bocanada de aire, saborear la dulzura de ser correspondido o el delirio del rechazo, con los ojos cerrados y el alma desnuda.

El amor… ah, el amor.
Vivo enamorado del amor, y aun así sé que solo se lo conoce viviéndolo. No puedo decirte qué se siente despertar junto a la persona amada y ser invadido por la felicidad; volver hacia ella, abrazarla, contemplar su rostro tal como verdaderamente es, sentir su calor, compartirlo todo sin secretos ni máscaras.

Podría citar un soneto, pero eso no te describirá lo que se siente cuando una mujer te mira y te sientes desnudo y vulnerable; cuando te ves reflejado en sus ojos y piensas que Dios ha puesto un ángel en este mundo para hacer tu vida más llevadera, para rescatarte de los pozos del infierno… o cuando tú te conviertes en su ángel y decides amarla para siempre.

Podría hablarte de la guerra, pero solo quien la ha sufrido sabe de qué hablo. En ella se experimenta la humanidad en sus extremos: valentía, entrega, crueldad, odio, compromiso.
Y también hay guerras personales: cáncer, sida, agresión, abuso, desamor, desprecio, olvido.

No puedo hacerte sentir la compasión.
No puedo explicarte qué se siente al perdonar o al ser perdonado.
No puedo describirte el placer profundo de servir a los demás.
No puedo hacerte sentir lo que es sostener en brazos a un niño abandonado, ni lo que es ser abrazado por alguien a quien has hecho sonreír.
No puedo explicarte lo que significa amanecer en un hospital, sosteniendo una mano, mientras los doctores se cansan de recordarte los horarios de visita.

Sabrás lo que es perder a alguien solo cuando te ocurra… y cuando descubras que lo amabas tanto como a ti mismo.

No sé nada de ti, y aun así te llamo amigo, te llamo amiga.
Pero solo puedo ofrecerte mi amistad si pienso en ti como alguien real, que siente y vive al otro lado de mi ordenador.

Y todavía me pregunto si no nos estaremos alejando de la posibilidad de experimentar lo que significa ser humanos…
y, peor aún, de vivir una verdadera experiencia de amor con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Todos Somos UNO

Un amor impetuoso y vasto





 Yo pretendo que haya poesía en mi vida, y aventura, y amor.

No la ilusión aprendida del amor,
sino ese amor verdadero que nace del alma
y es capaz de derrumbar la vida entera.

Un amor impetuoso y vasto,
colosal como el universo mismo,
ingobernable como un viento interior
ante el cual nada se puede,
ya sea que nos despoje o nos eleve.

Yo debo conocer ese amor.
Pero más que conocerlo, habitarlo.
Porque el amor es más que un sentimiento:
es una vibración primera,
la misma que hace danzar los electrones en el átomo
y mantiene a las estrellas en su camino.

Si no recuerdas esa suave locura
en la que el amor te disolvió el ego
y te devolvió a lo esencial,
entonces no has amado.

El amor consuela
como la luz que aparece tras la tormenta.
Es armonía en la aparente contradicción,
la excepción sagrada a toda regla.

Porque no somos nosotros quienes amamos:
es el amor quien nos recuerda quiénes somos.

Que es ser Hombre ?

 


Poco se habla de lo difícil que es ser hombre.

De los privilegios, eso sí, se habla mucho.
Pero casi nadie mira cómo muchos se rompen en silencio.
No porque sean menos sensibles, sino porque aprendieron desde temprano a aguantar.
A seguir.
A no quejarse.
A cumplir.
Muchos se quedan atrás en la escuela, no por falta de inteligencia, sino porque siempre se esperó que sirvieran más con el cuerpo que con la palabra. Que cargaran, que resistieran, que obedecieran. Y así pasan los años.
Si alguien quiere ver esos supuestos privilegios, que se acerque a una mina donde no entra la luz, a un turno nocturno donde el sueño se vuelve parte del trabajo, a un puerto industrial donde el ruido no se detiene.
Que mire a los hombres bajo el sol que quema desde temprano, bajo la lluvia que cala los huesos, subidos en alturas donde un error basta para no volver a casa.
Hombres que sostienen todo sin ser vistos.
Que están siempre, porque si ellos paran, algo se cae.
Imprescindibles, pero invisibles.
Necesarios, pero fácilmente reemplazables.
Cuando se habla de privilegios, casi siempre se mira hacia arriba: millonarios, políticos, directivos. Pero esos no son la mayoría. La vida de unos pocos no explica la vida de millones.
Y no, esto no va de enfrentar hombres y mujeres.
El sistema rompe personas.
Rompe mujeres, rompe hombres, rompe niños, rompe ancianos.
Solo que a muchos hombres se les enseñó a callar el dolor, a no pedir ayuda, a seguir incluso cuando ya no pueden más.
Nombrar esto no es negar otras realidades.
Es ampliar la mirada.
Es recordar que somos humanos antes que cualquier etiqueta.
Y aun así, no todo está perdido.
Nada está escrito para siempre.
Cambiar no empieza en grandes discursos ni en frases bonitas. Empieza en algo mucho más simple: en escucharnos, en permitirnos ser, en crear espacios donde alguien pueda decir “no puedo más” sin sentirse menos.
Empieza cuando dejamos de exigir dureza y empezamos a cultivar humanidad.
Cuando entendemos que ser fuerte también es saber abrir el corazón.
Cuando nos tratamos con más compasión que juicio.
Tal vez no cambiemos el mundo entero.
Pero sí podemos cambiar el mundo que nos rodea.
Y a veces, eso es suficiente para empezar.

La teoría de los tres metros



Conciencia encarnada como forma de habitar el mundo

Introducción

En los últimos años, la conciencia se ha convertido en un tema recurrente: se estudia, se

clasifica, se jerarquiza. La neurociencia, la filosofía, la sociología y la tecnología intentan

comprenderla desde distintos ángulos. Ese esfuerzo responde a algo profundamente

humano: el asombro frente a nuestra propia experiencia.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental que pocas veces se explicita con claridad:

no es lo mismo estudiar la conciencia que vivir conscientemente.

Una cosa es la conciencia como objeto de análisis; otra, muy distinta, es la conciencia

como forma de habitar el mundo. La primera satisface el entendimiento; la segunda

transforma la vida.

Este texto parte de esa distinción.

1. Conciencia: del estudio al modo de vida

La conciencia, entendida solo como campo de estudio, puede convertirse en un discurso

sofisticado que no necesariamente se traduce en presencia, responsabilidad o cuidado. Se

puede saber mucho sobre la conciencia y, aun así, vivir de forma automática, reactiva o

desconectada.

Por eso, más allá de definiciones o escalafones, aquí se propone entender la conciencia

como:

una práctica cotidiana,

una forma de relación,

una ética encarnada en lo inmediato.

La pregunta central deja de ser qué es la conciencia y se vuelve:

¿cómo vivo desde ella?

2. Una analogía legítima (y sus límites)

La idea de los tres metros surgió a partir de una analogía, no de una afirmación científica.

Al observar cómo funciona el cerebro —las neuronas, las sinapsis, los impulsos eléctricos

y los procesos químicos que permiten la comunicación— resulta evidente que ninguna

neurona existe aislada. Cada una cumple su función dentro de una red. La vida emerge de

la relación.

Pensar al ser humano como una “unidad básica de relación” dentro de un sistema mayor

es una analogía útil, siempre que se mantenga clara la frontera entre ciencia y reflexión

ética.

No se trata de afirmar que los seres humanos somos literalmente neuronas, ni que exista

un “campo energético” místico. Se trata de reconocer algo más simple y verificable:

vivimos inmersos en relaciones, y nuestras acciones locales tienen efectos reales.

3. Los tres metros: el espacio que realmente habitamos

Cada persona habita, en cada momento, un espacio inmediato. Un campo cercano donde

su presencia se manifiesta de forma directa. A ese espacio lo llamo los tres metros.

No es una cifra exacta ni simbólica: es una manera concreta de nombrar el entorno que

realmente tocamos.

En esos tres metros:

hablamos,

actuamos,

escuchamos o ignoramos,

cuidamos o dañamos,

humanizamos o deshumanizamos.

Ese es el único lugar donde nuestra conciencia se vuelve verificable.

La teoría de los tres metros se resume en una afirmación simple:

No puedo controlar el mundo,

pero sí soy responsable del espacio que habito.

4. Conciencia sin escalafones

Con frecuencia se habla de niveles o jerarquías de conciencia, como si se tratara de una

escalera ascendente. Este enfoque suele generar comparaciones, identidades rígidas o

incluso nuevas formas de ego.

La conciencia, sin embargo, no funciona como un ascenso lineal. Es un proceso dinámico:

se expande, se contrae, se integra o se fragmenta según cómo vivimos.

Una persona puede ser profundamente consciente en un ámbito y completamente

inconsciente en otro. Por eso, más que clasificar la conciencia, importa encarnarla.

Y esa encarnación ocurre, siempre, en lo inmediato.

5. De lo individual a lo colectivo

La teoría de los tres metros no propone una utopía ni una solución global diseñada desde

arriba. Propone algo más modesto y, por ello, más honesto: la responsabilidad

individual como punto de partida.

La conciencia colectiva no es la suma mecánica de conciencias individuales. Es un

fenómeno emergente. Surge cuando suficientes personas viven con coherencia en el

espacio que habitan.

No por imposición.

No por dogma.

No por ideología.

Sino por resonancia.

Cuando el cuidado, la atención y la responsabilidad se practican de manera cotidiana, el

campo común cambia como consecuencia, no como objetivo impuesto.

6. Una semilla, no una receta

La teoría de los tres metros no es un manual de conducta ni una moral cerrada. No dice

qué pensar ni cómo vivir. Ofrece un punto de partida:

Habitar conscientemente el espacio que tocamos.

No promete perfección.

No promete iluminación.

No promete respuestas finales.

Solo propone algo profundamente humano: no delegar nuestra responsabilidad en

abstracciones y reconocer que el mundo comienza donde estamos.

Si cada persona cuidara sus tres metros —con honestidad, apertura y respeto—, no se

construiría un mundo perfecto, pero sí uno más habitable.

Y quizá eso sea suficiente.

sábado, 24 de enero de 2026

📜 Carta abierta: No perdamos nuestra esencia

 



En estos tiempos de incertidumbre, confusión y tensiones crecientes,
quiero recordar algo sencillo, pero profundamente importante:

Antes que militantes, ideologías o banderas, somos seres humanos.
Somos vecinos, amigos, familias, compañeros de camino en este breve viaje que es la vida.

La política —como toda construcción humana— es imperfecta.
Pasa, cambia, se desgasta y se transforma.
Pero nuestras relaciones, nuestros afectos, nuestra capacidad de amar, comprender y respetar…
eso sí es sagrado.

No dejemos que el ruido de la confrontación nos robe lo más valioso que tenemos:
nuestra humanidad.

Hoy más que nunca necesitamos recordarnos que somos gente de paz.
Amantes de la vida.
De la no violencia.
De la palabra que construye y no del grito que destruye.

No todo desacuerdo es un enemigo.
No toda diferencia es una amenaza.
No toda opinión contraria es una agresión.

Podemos pensar distinto sin dejar de respetarnos.
Podemos debatir sin deshumanizarnos.
Podemos defender ideas sin romper vínculos.

En momentos como estos, cuando el mundo parece fragmentarse,
nuestra responsabilidad no es alimentar el fuego, sino sostener la llama de la unidad.

Cuidemos nuestras palabras.
Cuidemos nuestros gestos.
Cuidemos nuestros corazones.

Que no sea la rabia la que nos guíe.
Que no sea el miedo el que decida por nosotros.
Que no sea el odio el que marque el rumbo.

Seamos faros, no antorchas.
Puentes, no muros.
Manos tendidas, no puños cerrados.

Porque al final del día,
cuando todo esto pase —como siempre pasa—
lo único que quedará será cómo nos tratamos unos a otros
mientras el mundo temblaba.

Hoy, más que nunca:
no perdamos nuestra esencia.
No perdamos nuestra ternura.
No perdamos nuestra unidad.

Sigamos siendo lo que siempre hemos sido:
gente de paz,
amantes de la vida,
y guardianes del amor en tiempos difíciles.

Con esperanza y con corazón,

Ulises Alvarado
Ciudadano de la Tierra
“Todos somos uno”

domingo, 20 de abril de 2025

🌑🌟 Trinchera del alma

 






Cada mañana, el dolor me despierta
y me arrodillo ante la vida.
No para suplicar,
sino para agradecer y decir:
"Aquí estoy. Otra vez. Todavía".
Mi cuerpo grita,
pero mi espíritu no se rinde.
Me levanto con la conciencia
de que este mundo no es mío,
y sin embargo,
yo le pertenezco.
A veces me siento viejo, cansado,
como si mi alma ya hubiera dado todo.
Pero hay tanto por hacer,
tantos corazones aún dormidos,
tantos silencios que necesitan
una voz que no grite, sino susurre…
Y yo soy ese susurro.
No soy sabio, ni santo.
Soy un aprendiz del amor,
un loco sin disfraz,
un tonto que se abraza a la esperanza
como quien abraza a un hijo perdido
que aún no ha regresado.
Veo mis sombras.
Las he nombrado.
Las he amado.
No porque me gusten,
sino porque son mías,
y me recuerdan que estoy vivo.
Amo mis luces también,
aunque a veces me cieguen.
Sé que no soy perfecto,
pero cada día,
me esfuerzo por ser más humano
y menos orgulloso.
La ansiedad… los sueños no cumplidos…
la crueldad que me atraviesa como cuchillo…
todo eso me ha enseñado a sentir
lo que otros callan.
Y aunque la fe a veces tiemble,
aunque la duda me muerda por dentro,
aunque el silencio sea mi único interlocutor,
yo sigo.
Porque algo más grande que yo
me sostiene.
La Fuente…
el Misterio…
la Vida misma.
Y si este es mi papel:
vivir como un forastero en su propia tierra,
entonces lo viviré con dignidad.
Como un faro.
Como un poema.
Como un fuego que no se apaga
aunque lo azote el viento.

🕯️ Dos ventanas a la eternidad: una muerte y un amor

 







Hay libros que uno lee… y otros que lo despiertan .
La muerte de Iván Ilich me tocó como un eco profundo que me decía:
“¿Estás viviendo de verdad, o solo estás pasando el tiempo?”
Porque Iván fue un hombre como tantos: correcto, exitoso, socialmente aceptado…
Y sin embargo, cuando la muerte le tocó el hombro, se dio cuenta de que nunca había vivido de verdad .
No conocía el amor auténtico, no había escuchado su alma, no se había fundido con el milagro de existir.
Ese libro, en su crudeza, me hizo reafirmar algo que le digo a todo aquel que me escucha:
No espera al final para despertar. No esperes que el dolor te arranque la venda.
Viví ahora. Viví con conciencia.
Viví una vida viva, no una existencia decorada.
Viví siendo uno con el amor.
Porque nada de los demás —ni el poder, ni el dinero, ni los aplausos— te va a abrazar en tu lecho de muerte.
Y luego está ese otro faro humilde:
Donde hay amor, está Dios.
Un zapatero, una calle, una taza de té, un mendigo...
Y ahí, en medio de la sencillez, la Voz que no hace ruido le dice al corazón:
"Yo estuve contigo en cada uno de ellos. En cada acto de amor".
Desde entonces lo tengo claro:
Dios no es un dogma, ni una figura lejana.
Dios es cada uno de nosotros cuando amamos.
Dios es ese instante de compasión, ese gesto silencioso, esa renuncia por el bien del otro.
Cada acto de amor es una aparición divina.
No hace falta verlo con los ojos. Basta sentirlo.
Por eso vivo como vivo. Por eso no firmo mis textos, por eso no cobro por lo que el corazón me dicta.
Porque no soy yo : es la Fuente la que fluye.
Yo solo soy un lápiz que escribe lo que el amor le susurra.
Y si alguna vez me preguntan qué aprendí de Tolstói, diré esto:
“Me enseñó que la muerte puede despertar la vida, y que donde hay amor, allí está Dios… y allí estoy yo, y estás vos, y estamos todos”.

El miedo: la sombra del amor

  Lo contrario del amor es el miedo.   Desde que puedo recordar, siempre he tenido miedo. Miedo al fracaso, a decepcionar a los demás,...