Poco se habla de lo difícil que es ser hombre.De los privilegios, eso sí, se habla mucho.
Pero casi nadie mira cómo muchos se rompen en silencio.
No porque sean menos sensibles, sino porque aprendieron desde temprano a aguantar.
A seguir.
A no quejarse.
A cumplir.
Muchos se quedan atrás en la escuela, no por falta de inteligencia, sino porque siempre se esperó que sirvieran más con el cuerpo que con la palabra. Que cargaran, que resistieran, que obedecieran. Y así pasan los años.
Si alguien quiere ver esos supuestos privilegios, que se acerque a una mina donde no entra la luz, a un turno nocturno donde el sueño se vuelve parte del trabajo, a un puerto industrial donde el ruido no se detiene.
Que mire a los hombres bajo el sol que quema desde temprano, bajo la lluvia que cala los huesos, subidos en alturas donde un error basta para no volver a casa.
Hombres que sostienen todo sin ser vistos.
Que están siempre, porque si ellos paran, algo se cae.
Imprescindibles, pero invisibles.
Necesarios, pero fácilmente reemplazables.
Cuando se habla de privilegios, casi siempre se mira hacia arriba: millonarios, políticos, directivos. Pero esos no son la mayoría. La vida de unos pocos no explica la vida de millones.
Y no, esto no va de enfrentar hombres y mujeres.
El sistema rompe personas.
Rompe mujeres, rompe hombres, rompe niños, rompe ancianos.
Solo que a muchos hombres se les enseñó a callar el dolor, a no pedir ayuda, a seguir incluso cuando ya no pueden más.
Nombrar esto no es negar otras realidades.
Es ampliar la mirada.
Es recordar que somos humanos antes que cualquier etiqueta.
Y aun así, no todo está perdido.
Nada está escrito para siempre.
Cambiar no empieza en grandes discursos ni en frases bonitas. Empieza en algo mucho más simple: en escucharnos, en permitirnos ser, en crear espacios donde alguien pueda decir “no puedo más” sin sentirse menos.
Empieza cuando dejamos de exigir dureza y empezamos a cultivar humanidad.
Cuando entendemos que ser fuerte también es saber abrir el corazón.
Cuando nos tratamos con más compasión que juicio.
Tal vez no cambiemos el mundo entero.
Pero sí podemos cambiar el mundo que nos rodea.
Y a veces, eso es suficiente para empezar.

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