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domingo, 25 de enero de 2026

La Vida




 Algunos tenemos la tendencia a hablar de la vida como si fuera una experiencia ajena a nosotros.

Pero la vida es lo que nos ocurre a cada momento: en cada aliento, en cada respiro, en cada palpitar del corazón.

Muchos teorizamos sobre valores y principios, sobre cómo alcanzar la plenitud, sobre cuál debería ser nuestro camino hacia la felicidad; hablamos de decisiones, de elecciones, de aquello que cada uno ha de experimentar. Y estamos aquí, en esta red, olvidando muchas veces que hay otros hermanos, influenciados por nuestras palabras, personas con historias propias que, de alguna forma, también se entrelazan con la nuestra.

Hay quienes creen que me excedo en mis divagaciones. Muchos no saben que solo soy un mecánico en un barrio humilde, en un pequeño país tercermundista, y que seguramente mi retórica no es la mejor.
A veces leo frases, consignas o fetiches motivacionales, pronunciados por profesionales que usan las palabras correctas en el orden correcto: grandes gurús, sabios maestros, en un mundo saturado de información. A ellos se les puede pedir definiciones detalladas sobre el camino del aprendizaje, sobre la fe o sobre el amor.

Podrían incluso describirte cómo es un beso.
Pero por más precisa que sea esa descripción, jamás hará que experimentes lo que es besar con amor verdadero: entregar el corazón en cada bocanada de aire, saborear la dulzura de ser correspondido o el delirio del rechazo, con los ojos cerrados y el alma desnuda.

El amor… ah, el amor.
Vivo enamorado del amor, y aun así sé que solo se lo conoce viviéndolo. No puedo decirte qué se siente despertar junto a la persona amada y ser invadido por la felicidad; volver hacia ella, abrazarla, contemplar su rostro tal como verdaderamente es, sentir su calor, compartirlo todo sin secretos ni máscaras.

Podría citar un soneto, pero eso no te describirá lo que se siente cuando una mujer te mira y te sientes desnudo y vulnerable; cuando te ves reflejado en sus ojos y piensas que Dios ha puesto un ángel en este mundo para hacer tu vida más llevadera, para rescatarte de los pozos del infierno… o cuando tú te conviertes en su ángel y decides amarla para siempre.

Podría hablarte de la guerra, pero solo quien la ha sufrido sabe de qué hablo. En ella se experimenta la humanidad en sus extremos: valentía, entrega, crueldad, odio, compromiso.
Y también hay guerras personales: cáncer, sida, agresión, abuso, desamor, desprecio, olvido.

No puedo hacerte sentir la compasión.
No puedo explicarte qué se siente al perdonar o al ser perdonado.
No puedo describirte el placer profundo de servir a los demás.
No puedo hacerte sentir lo que es sostener en brazos a un niño abandonado, ni lo que es ser abrazado por alguien a quien has hecho sonreír.
No puedo explicarte lo que significa amanecer en un hospital, sosteniendo una mano, mientras los doctores se cansan de recordarte los horarios de visita.

Sabrás lo que es perder a alguien solo cuando te ocurra… y cuando descubras que lo amabas tanto como a ti mismo.

No sé nada de ti, y aun así te llamo amigo, te llamo amiga.
Pero solo puedo ofrecerte mi amistad si pienso en ti como alguien real, que siente y vive al otro lado de mi ordenador.

Y todavía me pregunto si no nos estaremos alejando de la posibilidad de experimentar lo que significa ser humanos…
y, peor aún, de vivir una verdadera experiencia de amor con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

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