Desde hace años he llegado a una convicción que suele incomodar:
el bien y el mal no existen como entidades opuestas y equivalentes.
No son dos fuerzas enfrentadas en un tablero cósmico.
Para mí, solo existe el amor y su ausencia.
Aquello que llamamos bien es todo lo que brota del amor:
la justicia, la compasión, la dignidad, la paz, el equilibrio, el carácter.
Aquello que llamamos mal no es una sustancia ni una esencia,
sino un vacío, una desconexión, una ausencia de amor.
Esta visión no busca justificar el daño.
Busca comprender su raíz.
Porque el daño es real.
Las heridas existen.
El sufrimiento no es una abstracción.
Pero comprender el origen del daño no lo anula:
lo vuelve más profundamente responsable.
Comprender no es excusar
Existe una confusión frecuente:
creer que comprender a quien daña equivale a absolverlo.
No es así.
Comprender es ampliar la mirada sin renunciar a la responsabilidad.
Es mirar tanto a quien ha sido dañado
como a quien ha causado el daño,
sin perder de vista el contexto, la historia y las condiciones que moldean al ser humano.
Cuando alguien actúa desde la violencia, la indiferencia o la crueldad,
rara vez lo hace desde la plenitud.
Casi siempre lo hace desde la carencia,
desde una historia marcada por la ausencia de amor.
Esto no elimina la responsabilidad personal.
La sitúa en un marco más amplio.
El ser humano es libre,
pero no es ahistórico.
Decide,
pero decide desde un suelo que no siempre eligió.
Justicia, castigo y venganza
La mayoría de los sistemas humanos confunden justicia con venganza.
Cuando alguien daña, la respuesta suele ser infligir un daño proporcional.
Se busca equilibrar el mal con más mal.
Pero el daño no se repara replicándolo.
Quitarle tiempo de vida a alguien que robó
no devuelve lo robado.
Encerrar sin transformar
no restaura lo quebrado.
Por eso pienso que muchas cárceles no corrigen:
reproducen la ausencia de amor
y la institucionalizan.
Esto no significa que todo deba ser permitido.
Hay conductas que deben ser contenidas.
Hay personas que no pueden permanecer libres sin causar daño.
Pero contener no es vengarse.
Proteger no es odiar.
Poner límites no es negar la dignidad del otro.
Los límites verdaderos se ponen por amor,
no por castigo.
Amor, carácter y elección
El amor del que hablo no es sentimentalismo.
El sentimentalismo es emoción sin dirección,
sensibilidad sin carácter,
sentir sin actuar.
El amor auténtico es exigente.
Educa.
Orienta.
Responsabiliza.
Por amor a la vida se construye carácter.
Por amor a uno mismo y a los demás se elige no dañar.
Por amor se asumen las consecuencias de los propios actos.
He visto demasiadas lágrimas que no transforman nada
y demasiada indignación que no se convierte en compromiso.
Sentir no basta.
Actuar con conciencia es indispensable.
Responsabilidad personal en un mundo injusto
Reconocer los condicionamientos sociales no implica negar la libertad.
El contexto influye, pero no determina de forma absoluta.
Yo crecí en un entorno difícil.
Pude haber tomado otros caminos.
No lo hice.
No porque el sistema me educara para ello,
sino porque elegí construir carácter.
Esa elección es posible, aunque no sea fácil.
Y por eso la responsabilidad personal sigue siendo central.
Dios, amor y castigo
Desde esta perspectiva, una idea de Dios como ente vengativo resulta incoherente.
Si la Fuente es amor,
no puede actuar desde el resentimiento ni el castigo eterno.
El infierno, más que un castigo impuesto,
podría entenderse como la experiencia de la desconexión del amor.
No como condena divina,
sino como consecuencia existencial.
El amor no castiga.
El amor educa.
El amor busca restaurar.
Una ética de la conciencia
No se trata de negar el daño.
Se trata de no multiplicarlo.
No se trata de ingenuidad.
Se trata de madurez.
Una ética basada en el amor no es débil.
Es profundamente responsable.
Porque exige conciencia, carácter y elección constante.
El mal no es una fuerza que se combate.
Es una ausencia que se revela.
Y cada acto realizado sin amor
no solo hiere al otro,
sino que nos hiere a nosotros mismos,
alejándonos de aquello que nos hace verdaderamente humanos.

